martes, 1 de enero de 2013

Prólogo. El comienzo de la oscuridad

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Prólogo. El comienzo de la oscuridad

Karix

Me levanté a las siete de la mañana, bajo el interminable pitido de mi despertador. Como de costumbre, me estiré, aun tumbado en la cama, y le di un manotazo al maldito reloj que no dejaba de hacer que me retumbasen los oídos, y el sonido cesó. Me incorporé y me senté en el borde de la cama, limpiándome las legañas de los ojos, y miré a la ventana. La persiana estaba completamente cerrada, y las cortinas, de color vino, estaban echadas. Me levanté, puse los pies sobre la suave moqueta de terciopelo que cubría todo mi cuarto y bostecé. Me giré e hice la cama, colocando las suaves sabanas de seda roja y la manta de algodón blanquecina. Me giré y me dirigí a el baño de mi habitación, no sin antes coger el uniforme del Birdget International Collage, el instituto privado al que iba a clase, y me duché a toda velocidad. Cuando terminé, me sequé con la toalla, me puse mi albornoz azul eléctrico y me miré en el espejo. Mi pelo rubio estaba empapado, así que cogí el secador y empecé a peinarme, al cabo de un rato, mi perfecta cresta estaba lista para salir a la luz del día, y mis ojos azules brillaban, al fin despiertos del todo. Abrí la puerta y me dirigí a la ventana, apartando las cortinas y subiendo la persiana. Me quedé inmóvil y en silencio, mirando el oscuro y tétrico paisaje que me esperaba afuera. El sol no estaba por ninguna parte, el cielo estaba cubierto por espesas nubes negras, y la lluvia caía a toda velocidad, haciendo que el agua corriese calle abajo, como si fuese un río. Suspiré, volví a entrar en el baño y me vestí con aquella camisa blanca, pantalones azul oscuro, deportivas negras y la chaqueta negra y azul oscuro.
––¡A desayunar!––sonó de forma potente la voz de mi padre desde el salón, a la vez que yo abría la puerta y salía al pasillo. En mi casa, mi madre se iba a trabajar demasiado temprano, así que era mi padre quien nos preparaba el desayuno a mi hermano mayor, Ádrian, y a mi.
––Vamos, pesado––dijo la voz de mi hermano, detrás de mi, al mismo tiempo que me apartaba, empujándome contra la pared, y corría escaleras abajo. Tenía el pelo rubio ceniza, como yo, pero le llegaba por las orejas, y lo llevaba con un look despeinado, que le costaba medía hora y un cuarto de bote de gomina. Llevaba el mismo uniforme que yo, pero su mochila, a diferencia de la mía, que era gris, era roja. Sus ojos eran verdes, como los de mi madre, mientras que yo había sacado mis ojos azul cristalino de mi abuelo materno.
Tragué saliva, volví a suspirar y bajé a toda velocidad. Llegué a la mesa del comedor en menos de cinco segundos, y me senté en mi sitio de siempre: la esquina derecha de la mesa. En mi plato ya estaban servidas unas tostadas con mucha mantequilla y mermelada de melocotón. A su lado había una manzana pelada, y en el vaso reposaba el zumo de naranja, al lado de otro vaso con leche y cacao en polvo.
––Gracias papa––dije, mientras le daba un mordisco a la primera tostada, y limpiaba con la lengua los bordes de mi boca, que se habían manchado––¿a que hora te vas a trabajar hoy?––le pregunté, después de masticar bien y tragar el trozo.
––Ya mismo––dijo acercándose a la puerta y poniéndose su abrigo marrón de piel falsa. Era bastante más alto que mi hermano y que yo, al menos una cabeza más, y su pelo era rojizo, encajando armónicamente con sus ojos verdes hoja.––portaos bien en clase, ¿vale? Hoy ni vuestra madre ni yo estaremos aquí a la hora de comer, así que preguntadle a vuestros amigos si podéis ir a comer a casa de alguien, si no llamad en el recreo al tío Fairen y os irá a buscar a la salida, en cualquier caso, estaremos en casa a las ocho––se acercó rápidamente y nos dio un beso en la frente a cada uno, después nos sonrió, cogió las llaves de la mesita de al lado de la puerta y salió en dirección al coche. Al cabo de unos segundos oímos como arrancaba y se iba.
––Yo comeré en casa de Anngie––dijo mi hermano, levantándose tras terminar su desayuno, y dejando el plato en la encimera de la cocina––después tenemos que estudiar.
Asentí y me comí el último bocado, a la vez que me bebía lo que me quedaba de leche. Deje el plato, los vasos y los cubiertos en el fregadero, me puse el chubasquero azul, cogí la mochila y los dos salimos de casa, hacía la parada del autobús, que estaba a cinco minutos bajando la calle. Cuando llegué, Lucka ya estaba allí.

Lucka

Acababa de salir de mi casa, terminándome el último cacho de beicon de mi desayuno, cuando vi a Karix bajar la cuesta. Mi casa, al igual que la suya y las del resto de la urbanización, tenía tres pisos, y la fachada era completamente blanca y limpia. Las puertas, eran negras, y el jardín de cada casa estaba en la parte trasera. Estaban cubiertos por vallas de madera pintadas de blanco, y todas las puertas daban a un jardín aun mayor, que estaba junto a una enorme piscina.
––Buenos días––le dije a mi mejor amigo, mientras me ponía la capucha de mi abrigo gris. Los dos llevábamos el mismo uniforme, pero mi pelo era negro y mis ojos verdes con un aro dorado, a demás de que yo le sacaba unos cuatro centímetros de altura, y tenía la espalda y los hombros mas anchos. Los dos estábamos delgados, ya que jugábamos en el equipo de baloncesto del instituto.––¿has dormido bien?
––Si––me sonrió mientras se acercaba corriendo. Miró las nubes y sacudió la cabeza. Parecía extrañado por el tiempo, y era normal, ya que estábamos casi en verano, y en esta época llevaba más de nueve años sin llover de aquella manera. Un trueno rompió el silencio, haciendo que me diese un escalofrío––que día más raro ha salido.
Iba a contestarle cuando, de pronto, desde algún lugar, sonó el aullido de un lobo, y nos giramos a toda velocidad, junto al resto de chicos y chicas que esperaban en la parada con nosotros. Aquello era más raro aún. Estábamos en el centro de una ciudad de mas de diez millones de habitantes y las montañas, bosques y campos más cercanos estaban a noventa y siete kilómetros. Era imposible que allí hubiese lobos. Abrí la boca para decir algo, pero justo el autobús llegó. Subimos y, como siempre, nos sentamos en el asiento de detrás de la puerta trasera.
––Oye––dijo mi amigo, aun mirando por la ventana a la dirección de la que había venido aquel sonido. Sus ojos estaban clavados en el horizonte, con un brillo perturbado––¿me puedo quedar hoy a comer a tu casa? Mis padres no llegan hasta las ocho––estaba evitando el tema de conversación que sabía que los dos queríamos tratar: el día tan extraño que estaba comenzando.
––Claro––le dediqué una sonrisa de felicidad poco convincente, ya que mi corazón estaba encogido de miedo por aquel aullido. Aunque mis padres tenían una casa en el campo e íbamos siempre en vacaciones, nunca había visto ni un lobo ni ningún animal salvaje, pues tenía prohibido ir al bosque, y era comprensible que no me lo permitiesen. Era peligroso.––Ya sabes que en mi casa eres siempre bienvenido. Luego llamo a mi madre.
Él asintió con la cabeza, apartando por fin la mirada y girándose hacía mi, con una sonrisa alegre. Le conocía desde que había nacido, pues nuestros padres habían ido juntos a clase, y eran íntimos amigos: se alegraron mucho cuando nos tuvieron, pues apenas nos llevábamos dos semanas de diferencia de edad. Él era el mayor.
––Ádrian––dijo Karix, girándose para mirar a su hermano, que estaba sentado atrás del todo––me quedo a comer en casa de Lucka.
Se dedicaron una sonrisa y mi amigo volvió a sentarse bien. Al cabo de unos segundos nos quedamos en silencio y miramos los dos por la ventana. Teníamos la vista fija en aquellas nubes oscuras de tormenta. Al cabo de unos minutos bajamos del autobús, y al pisar la acera volvió a sonar, esta vez desde el norte, el aullido de otro lobo. Toda la gente que estaba en la entrada del instituto se quedó en silencio, y al rato empezaron a murmurar cosas.

Meya

Lucka y Karix llegaron a las escaleras diez minutos después de que llegase yo en mi autobús. Estaban mirando hacía el sitio desde el que nos había llegado aquel espeluznante sonido, pálidos como maniquíes de una tienda de ropa. Mis manos estaban temblorosas, y salí corriendo hacía ellos nada más verlos. Me eché rápidamente a los brazos de ellos, con los ojos aún empapados de lágrimas, y ellos soltaron pequeñas exclamaciones de asombro: yo nunca abrazaba a nadie, ni a ellos, que eran mis dos mejores amigos, ni a las chicas del coro del instituto, que eran de las personas que más adoraba en el mundo.
––¿Meya?––dijo Lucka, apartando mi pelo castaño de mi cara y mirándome a los ojos, que eran marrones con un aro dorado rodeando la pupila.––¿Estas bien?––Los dos tenían una cara de asombro increíble. Les conocía desde que teníamos cuatro años, y yo jamás me había comportado así, pero esta vez tenía motivos, así que negué con la cabeza.
––¿No habéis oído los aullidos?––mi suave y dulce voz temblaba. Me costaba encontrar las palabras para expresarme, y tenía que esforzarme mucho para romper el nudo que había en mi garganta. Lo que había visto aquella mañana era aterrador.
––¿Tienes miedo de unos aullidos?––dijo Karix, soltando una estruendosa carcajada, como si no acabase de creérselo––¿la inasustable Meya tiene miedo de unos simples aullidos?––su voz sonaba mucho más segura de lo que él realmente debía de estar, pues sus piernas estaban temblando y su sonrisa de burla no encajaba con el brillo intranquilo de sus ojos––¡pero si tu hermano cría tigres en África!
Le miré con furia y le di un empujón. Él tenía un gran sentido del humor, siempre sonreía y hacía reír a cualquiera en los momentos más duros, pero a veces era un creído, y se pasaba de la raya con sus estúpidas bromas. En momentos como aquel, si no fuese porque era el capitán del equipo de baloncesto, la mayoría de la gente del instituto no se dignaría ni a hablarle.
––¡No es por los aullidos, estúpido!––grité con rabia. Empecé a respirar profundamente para tranquilizarme, les cogí de la mano y les llevé al patio de atrás donde no había nadie. Tragué saliva y me giré hacía ellos––esta mañana a aparecido el profesor Darik medio devorado en la calle, en frente de mi casa. Dicen que han debido ser unos lobos enormes, por los aullidos que llevan escuchándose desde esta madrugada por la ciudad.
––¡¿Darik?!––gritaron los dos a la vez, y les tapé la boca de inmediato. La policía nos había dicho a todos los que lo habíamos visto que no debíamos decir nada, porque si no cundiría el pánico en la ciudad, pero ellos eran como mi familia, aunque pocas veces les demostrase el aprecio que les tenía, y debía advertirles del peligro.
––La policía nos ha dicho que no abramos la boca, so idiotas, por eso os he traído hasta aquí. No le digáis nada a nadie, ni a vuestros padres. Si se enteran avisaran a más gente, y la policía sabría que he sido yo, y sabéis que el Agente Parsso no es muy amigable que se diga, y es el quien crea las normas.
Ambos asintieron y se quedaron en silencio, mirando el suelo. De pronto nos empezamos a sentir incómodos, y nos giramos hacía el otro lado del patio, desde el que nos observaba un joven, un poco más alto que Lucka, con unos ojos grises y fríos, y una sonrisa casi diabólica.
––¿Quien es ese?––preguntó Lucka, dando un paso hacía atrás. La mirada del chaval era tétrica, y nos entraban ganas de gritar y salir corriendo.
––Se acaban de mudar a enfrente de mi casa––dije, tragando saliva––ese es el hermano mayor de los tres hijos que tienen la familia. Tiene diecisiete. El pequeño, de catorce años, va un curso adelantado, y va a venir a nuestra clase. Se llama Guldar.

Guldar

Llegamos a aquella ciudad a eso de las dos de la mañana, y aparcamos en la casa en la que íbamos a vivir a las dos y media. El tráfico para atravesar la enorme metrópoli había sido tediante. Un atasco monumental.
––¿Por que tenemos que venir a vivir aquí?––preguntó Wolf, uno de mis dos hermanos, y el mas mayor de los tres. Su pelo blanco se movía con el viento, que no dejaba de cesar, por culpa de aquella tormenta. Sus ojos grises estaban clavados en una ventana del tercer piso de la casa que estaba al otro lado de la calle––estábamos bien en la casa del bosque.
––Sabes porqué hemos venido, cariño––dijo mi madre, apartándose uno de sus mechones rojos de la cara y poniendo la mano derecha sobre el hombro de mi hermano, que le sacaba dos cabezas––ya veras como en unos días te acostumbras.
––¿Por que tenemos que ir a clase?––pregunté, mientras pasaba por la puerta que había abierto mi padre, cargando con mis dos maletas y mi mochila––las materias que dan son aburridas, encima a un colegio de pijos––refunfuñé, mientras subía las escaleras.
––Para no llamar la atención––dijo la voz grave de mi padre, provista con un tono amenazador y salvaje al que yo ya me había acostumbrado.––sería raro que nos mudásemos a un barrio rico y nuestros tres hijos no fuesen al mejor colegio del lugar. La gente no confiaría en nosotros, y es lo último que necesitamos.
Tragué saliva y terminé de subir al tercer piso, donde me esperaba mi habitación, de paredes blancas, moqueta, sabanas, manta, cortinas y muebles negros, desprovista de decoración en las paredes, y de objetos personales. Abrí la maleta y empecé a sacar mis cosas. Llené el armario con mi ropa: toda negra o blanca, exceptuando el horripilante uniforme de la escuela. Me subí a una silla y empecé a colgar los posters de lobos blancos, lobos huargos y hombres lobo que me acompañaban allá donde fuese. Puse en el baño mis botes de colonia, champú y gel de ducha, a demás de las esponjas, y cuando terminé de colocarlo todo, volví a bajar al coche. Abrí el maletero, y el gruñido de Dante me saludó. Cogí al pequeño cachorro de lobo, que tenía un color negro con mechones rojizos, y entre en la casa a toda velocidad. Le dejé en el suelo de mi cuarto, al lado de la pequeña manta que le había puesto para que durmiese: la cría apenas era mas grande que mi antebrazo, y aun no tenía ni colmillos. Era un recién nacido.
––El día que traigas amigos a casa y vean a ese bicho, te meterán en la cárcel––dijo Dark a mis espaldas, que era el hermano mediano. Su pelo y sus ojos eran igual que los de Wolf, pero su cara era mas redondeada, y era más bajito que yo: había salido a mi madre.
––Es solo un cachorro––le contesté, apartándome mi flequillo negro y rubio de los ojos, con un leve movimiento de cabeza.––y mamá me ha dejado tenerlo. Lo voy a educar como papá me enseñó, y jamás hará daño a nadie.
––Es un cachorro ahora––dijo entrando en mi cuarto, agarrándome de la camisa y poniéndome en pie. Me miró con aquel brillo amenazador en sus ojos y me empujó contra la pared, cogiéndome del cuello––pero sabes que cuando sea adulto medirá más de cuatro metros. Sera dos o tres veces más grande que un caballo, y los Lobos Pardos del Norte, no tienen mucha fama de buenos, a demás de que puede que la familia a la que se lo robaste venga a buscarlo, y entonces si que estarás en un lío––dijo todas aquellas palabras con furia, reprochándome lo que había echo con mi padre tres noches atrás, cuando nos habíamos internado en el bosque para buscar a mi primer Lobezno.
––A ti lo que te pasa es que tienes envidia de haber salido a la familia de mamá, y no a la de papá––dije empujándole y poniéndome recto. Casi le sacaba una cabeza, a pesar de que él era un año y medio mayor––tendrás que conformarte con ser un Protector, y no un Guerrero Cazador––estaba furioso con él. Siempre había tenido envidia de Wolf y de mi, pues habíamos salido a la invencible y fuerte familia de mi padre, y no a la escuálida y mágica familia de mi madre, como él. Habíamos tenido peleas de aquellas dese que mi hermano mayor había tenido a su primera Criatura, y a mi padre siempre le hacía gracia aquello. Para un hombre era un deshonor salir Protector en vez de Guerrero Cazador en nuestras tierras, al igual que para las mujeres. El trabajo de los Protectores era tedioso, aburrido e irritante, o al menos de eso se quejaban siempre mamá y el abuelo Cheren.
Él abrió la boca para reprochar algo, pero de pronto un aullido rompió en la noche, junto al primer trueno de la tormenta. La lluvia empezó a caer, y la oscuridad se cernió por completo en la ciudad. Bajé rápidamente las escaleras, y fui al salón, donde Wolf y mi padre miraban por la ventana. Ambos se giraron hacía mi, y los tres sonreímos, divertidos por aquella situación. Empezaba nuestro legado en aquella ciudad.

Eran las siete y media de la mañana cuando me levanté. Me duché a toda velocidad, me puse el asqueroso uniforme y le di a Dante su desayuno: un chuletón crudo bien grande. Bajé rápidamente al comedor, y cogí un melocotón del frutero. Agarré la mochila y fui hacía la puerta, donde mis dos hermanos me esperaban. Salimos a la calle, y nos encontramos con un gran grupo de gente que rodeaba la acera de enfrente. Nos acercamos a toda velocidad, y una sirena, procedente de un coche de policía que bajaba la calle rompió los murmullos: tirado en el suelo había un hombre, o lo que quedaba de él, pues la mayoría de su carne había sido devorada por unas grandes mandíbulas que en mi familia conocíamos muy bien. Wolf y yo nos aguantamos al risa, nos giramos, y nos metimos en el coche de mi padre, que iba a ser el encargado de llevarnos todos los días al colegio.

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