Capitulo
2. ¿Mentiras o verdades?
Guldar
––Tenemos que salvarles––le dije a Wolf,
mientras volvíamos andando a casa. Nadie nos había puesto pegas
para que nos fuésemos de las escuela sin que vinieran nuestros
padres a buscarnos, probablemente gracias a los rumores que rodeaban
a nuestra existencia––eso hará que nos ganemos el aprecio de la
gente, y es lo que papá quiere que hagamos.
––¿Solo haces esto para obedecer a papá?––me
contestó él, yendo a mi ritmo y encarando una ceja. Cuando hacía
eso me daban ganas de partirle la mandíbula de un puñetazo, pero
apreté los puños y me controlé––seguro que hay algo más,
pillín––empezó a reírse, con aquellos ojos diabólicos
clavados en mi, y un escalofrío me recorrió el cuerpo: su risa
sonaba como la de el Conde Drácula en las películas que veíamos
por las noches. Todo en él era tétrico y horripilante, pero yo le
quería muchísimo, y al llevar toda mi vida a su lado, me había
acostumbrado rápidamente a su comportamiento.
––Sea por el motivo que sea––nos cortó Dark,
que iba unos pasos por detrás y se paró al lado de Wolf, poniendo
una mano en su espalda––vosotros sois cazadores. Matáis bestias,
robáis crías y las adiestráis, para crear un ejercito invencible:
no salváis gente. De eso nos encargamos los protectores, ¿o acaso
lo habéis olvidado ya?––su tono de voz era de reproche, y no
pude evitar soltar un pequeño bufido a la vez que miraba hacía el
cielo. La lluvia no cesaba, ni lo haría, pues aquellas tormentas
seguían a los seres como nosotros allá donde fuésemos, era el
castigo que recibíamos por lo que eramos: no ver la luz del sol.
––No, no lo hemos olvidado––dijimos Wolf y yo a
la vez, en un tono monótono y aburrido, como si hubiésemos
escuchado esas palabras y dado esa contestación miles de veces
antes, y así era. Nuestros padres nos lo explicaban día si y noche
también. El cazador caza y entrena bestias, el protector se asegura
de que los primeros no destruyan la humanidad, era tedioso.
––Pues ya está. Dejadnos ese trabajo a mamá y a
mi, y encargaos vosotros de lo vuestro, si es que sois capaces,
claro––sus palabras habían sonado amenazadoras, y Wolf y yo nos
miramos, con un gesto de burla. Dark siempre nos había odiado,
porque a diferencia de mamá, que había visto muchas veces el sol
antes de casarse con papá, el nunca había visto la luz del día, y
era por nuestra culpa. Eramos una familia, si, y nos cuidábamos unos
a otros, pero eso no evitaba que en cierto modo, nuestro hermano
mediano nos odiase a ambos. La tormenta solo perseguía a los
cazadores, a los protectores, esos supuestos magos sin parangón ni
comparación con todos los libros de fantasía de los humanos, no se
les castigaba por lo que eran, a ellos se les daban privilegios. Los
dioses solo ayudaban a los que protegían a sus creaciones, no a
aquellos ''hombres'' que tenían extraños poderes, cazaban,
amaestraban criaturas y según nuestro padre, podían llegar a crear
bestias. Nadie sabía de donde habían salido los cazadores, pues no
habían sido creados por Los Reyes del Cielo Azul y El Tiempo, por
eso estos les prohibían ver lo más bonito del universo: la luz del
sol, un dulce amanecer o un romántico atardecer.
Continuamos andando, en silencio durante un buen rato,
pues cada uno iba pensando en sus cosas. No sabía en que divagaban
sus mentes, pero la mía seguía pensando en aquel chico que me había
hablado, sin buscar nada concreto con ello, sin querer beneficiarse,
o eso era lo que me había dado a entender, porque, ¿que podía
sacar de beneficio hablando con un niño lobo, que era como me
llamaban? Ese joven, Lucka, era extraño, y su amigo, Karix, también.
Tenían algo, algo que los hacía distintos, y yo estaba dispuesto a
descubrir el que.
––Creo––dije, rompiendo el silencio, a la vez
que me mordía el labio y alzaba la cabeza, justo para ver como un
rayo caía en la lejanía––que esos dos tienen algo
especial––mire a Dark, y el me observó de reojo, como si no
comprendiese a que me refería.
Wolf se paró en seco, me agarró de la chaqueta y me
arrastró hasta un callejón oscuro, mirando a los lados para
asegurarse de que no había cerca nadie que nos pudiese escuchar: mi
otro hermano nos siguió.
––¿Algo especial? ¿A que te refieres?––preguntó,
encarando una ceja y soltando un pequeño gruñido. Metió las manos
en los bolsillos de las chaquetas y miró al cielo.
––No lo se... pero tienen algo. Hazme caso, lo he
notado. No se que es, pero hay algo que los hace diferentes––tragué
saliva y le miré directamente a los ojos. Él giró la cabeza y se
dio la vuelta. No podía soportar cuando yo le miraba con aquella
cara, al contrario que Dark, Wolf me trataba con mucho cariño... a
su manera, claro. Puede que no me abrazase ni me diese besos en las
mejillas, como hacían las familias humanas, pero cuando vivíamos en
el bosque y era yo muy pequeño, él era quien me había cuidado,
mientras nuestro padre nos entrenaba para lo que nos deparaba nuestro
futuro, entre aquella incesante tormenta.––no se si es algo que
los hace mejores o peores ante los ojos de los Reyes.
––¿Estas seguro de que es por eso, y no por ningún
estúpido capricho tuyo?––dijo Dark, mirándome fijamente a los
ojos y apretando los dientes. Él siempre decía que la intuición de
los cazadores no existía, y que solo eran coincidencias y suerte que
acertasen.
––Yo no tengo estúpidos caprichos––le
contesté, furioso, escupiéndole en la cara. Se limpió con la manga
y se apartó, mirando hacía la entrada del callejón.
––Guldar, Dark, volvamos a casa. Se lo diremos a
mamá y a papá. Ellos decidirán. Se enfadarían mucho si hiciésemos
cualquier cosa por nuestra cuenta––los dos asentimos tras sus
palabras y salimos del callejón, en dirección a nuestra casa.
Llegamos al cabo de quince minutos, y nada más entrar
por la puerta, llamamos a nuestros padres, y cuando estuvimos todos
sentados en el sofá del salón, Wolf les contó lo que les había
pasado a los padres de ese chico de mi clase, y lo que me decía mi
intuición sobre mis dos compañeros de instituto. Mientras Wolf lo
narraba todo con esmero, yo estaba tumbado en la alfombra negra del
suelo, rascándole la tripa a Dante, que había bajado corriendo a
recibirme, y ahora estaba panzaarriba, lamiéndome la mano con la que
sujetaba un hueso que había cogido de la comida de el día anterior.
––¿Es eso verdad, hijo?––dijo mi padre,
apartando la mirada de mi hermano mayor y dirigiéndose hacía
mi.––¿tu instinto dice que tienen algo que los hace
diferentes?––su tono siempre se endulzaba cuando me hablaba, y
eso me hacía sonreír, pues odiaba el tono duro y serio que
utilizaba con mis hermanos. Solo a mamá la trataba de forma más
dulce.
––Si. Lo he notado cuando se me han acercado hoy en
clase. En Lucka era más... fácil de percibir, probablemente porque
el otro estaba bastante cegado por la ira, y sabemos bien que es el
único sentimiento que afecta a nuestro sexto sentido.––mis
padres asintieron y se quedaron en silencio un momento, mirándose,
como si no supiesen si decir lo que pensaban o no.
––Esta mañana hemos hecho una expedición al lugar
donde se esconden estas bestias––dijo mi madre, levantándose y
sentándose a mi lado. Rodeó mi cintura con su brazo izquierdo, y me
apretó contra ella, en un gesto dulce: ella siempre nos trataba a
todos con el mismo cariño que utilizan las madres con sus hijos
humanos––y ya se que en esta casa nunca faltamos a nuestras
promesas, pero allí solo había inconsciente un hombre, el profesor
ese. Le hemos conseguido salvar, pero si allí había alguien más...
ya se lo habrán comido, aunque no creo, pues no había sangre ni
huesos por ninguna parte.
Me quedé en silencio, observándola, con gesto grave.
¿Si no les habían secuestrado los Lobos Huargos del Norte, que nos
llevaban intentando eliminar desde hacía años con sus bestias,
quien demonios había cogido a sus padres? Me mordí el labio y fijé
mi vista en el suelo. ¿Como iba a explicarle a ese muchacho que los
lobos no tenían a sus padres? No me creería, y si lo hacía o se lo
demostraba, seguramente dirían que eramos los causantes y nos
llevarían a la cárcel, o nos matarían directamente.
––Mamá––dije, tras pensar un rato, levantando
la vista––¿donde está ahora el profesor?––todos clavaron
sus ojos en mi, sin comprender cuales eran mis intenciones, y
suspiré––si consigo que el profesor les diga a esos dos, que los
lobos no han sido, y que nosotros no estamos detrás de las
desapariciones, la gente dejará de tratarnos mal––mi padre
sonrió y asintió, dando a entender que mi plan le gustaba.
––Y si además les dice que le hemos
salvado––añadió Wolf, mirándome con un brillo de aprobación
en sus inteligentes ojos grises––confiaran en nosotros y podrás
averiguar que es eso que llama tu atención––todos asentimos a la
vez.
––Esta arriba, en la habitación de invitados––dijo
mi padre, levantándose y dirigiéndose a la cocina––explícale
todo lo que quieras sobre nosotros. Estoy casi seguro de que no es un
mal hombre, y de que nos creerá. Lo comprenderás cuando le veas.
Me levanté y salí corriendo escaleras arriba, bajo un
gruñido de sorpresa de Dante, que dio un salto para levantarse y me
siguió a toda velocidad, dando brincos con sus patitas cortas,
intentando subir rápido los escalones. Me paré en mitad de la
escalera del segundo piso, al darme cuenta de que él no podía
seguir mi ritmo, así que me agaché, le cogí en brazos y terminé
de subir. Abrí la puerta sin cuidado: si se despertaba por el ruido,
mejor que mejor, pues no tendría el problema de como despertarlo sin
asustarle. Nada más entrar, el hombre me miró con unos astutos ojos
negros, y me dio un vuelco el corazón. A aquel hombre yo ya le había
visto antes, en el bosque, hacía siete años. Él nos había salvado
de una de las bestias de los seres que nos perseguían, y como
agradecimiento, le habíamos regalado un collar mágico que haría su
piel más dura y resistente ante los mordiscos y zarpazos de bestias
inmundas.
––Pero mira a quien tenemos aquí––dijo, con
una sonrisa, mientras yo me acercaba y me sentaba en el borde de la
cama––el pequeño cazador imprudente que rescaté en aquel
inhóspito bosque.
––¿Eres cazador y prefieres pasar tu vida
ejerciendo de profesor de historia en un instituto?––le pregunté,
frunciendo el ceño, y él empezó a reírse. Estaba cubierto por las
sabanas negras de la cama, su pelo estaba pegado a la cabeza,
probablemente por culpa de la sangre de alguno de los golpes que
había recibido––no creí que un simple lobo huargo pudiese darte
caza, francamente.
––Y yo no esperaba que tres cazadores y dos
protectores se viniesen a vivir a una ciudad tan enorme como esta,
pudiendo ir a cualquier sierra, donde serían mucho más
felices––encaró una ceja y se incorporó, poniendo los brazos
por fuera de las sabanas, y me quedé mirando fijamente su brazo
izquierdo, donde no había mano, y en su lugar había un muñón que
debía haber cicatrizado hacía dos años como mínimo. Ese debía
ser el motivo de que dejase el oficio.––dime porque os persiguen
y que hacéis aquí. No creo que hayas subido por ningún otro
motivo.
––En realidad he subido para pedirte tu ayuda.
Supongo que ya lo habrás notado, pero en la clase de la que eres
tutor hay dos personas que tienen algo especial. Los padres de uno de
ellos, Karix, han desaparecido, y le prometí que mañana estarían
en casa, pero resulta que los lobos no los han atrapado, y no sabemos
quienes han sido. Necesito que les digas que no somos los culpables,
y que te hemos salvado la vida––le contesté, al mismo tiempo que
me levantaba y me dirigía a la ventana. Abrí la ventana y deje que
el húmedo aire de la tormenta impregnase toda la habitación––¿como
has conseguido que la tormenta no te siga? Según tengo entendido,
persigue y castiga sin el día a todos los cazadores,
––Y así es, por eso, al llegar a esta ciudad y ver
que desaparecía, me quedé. Aun sigo buscando el motivo, pero parece
ser que cuatro cazadores son muchos para que la tormenta nos
abandone.
––Los lobos también tienen cazadores, somos más
de cuatro, cinco o seis tal vez. Es un grupo de treinta, veinticinco
son protectores, según tengo entendido. Todo grupo necesita
cazadores cuando tienen la misión de matar algo, ¿no crees?––tragué
saliva y me giré para mirarle. Sus ojos estaban fijos en mi, y tenía
una actitud seria. Noté como carraspeaba y apartaba la vista,
intimidado por mis ojos.
––Te ayudaré si me explicas quienes sois y porqué
os persiguen.––sus palabras habían salido de su boca en un tono
amenazador, y no dudé ni un segundo en que cumpliría su palabra,
asi que me acerqué a él, para que escuchase bien mis palabras.
––Somos el último vestigio de la civilización de
los Creadores Paganos, mi padre, mi hermano Wolf y yo. Mi madre y mi
hermano Dark se unieron a nuestra causa cuando yo tenía cinco meses.
Mis padres se casaron, y mi madre, aprovechando que aun estaba en mi
limite de tiempo, me transfirió parte de los poderes mágicos y
sagrados de los protectores, ¿sabes porqué?––sus ojos se habían
abierto como platos, como si no pudiese creer lo que le estaba
contando, y era comprensible. Mi raza era una leyenda, tan antigua
como la tierra misma, y jamás nadie había visto a un Cazador Pagano
desde hacía no menos de mil años. Ante su silencio, sonreí.––porque
soy Guldar Laisinier, único descendiente de la familia real de los
primeros Cazadores del universo, e hijo legítimo de nuestra
existencia. Soy el único que, con el entrenamiento adecuado, podría
llegar a hablar con los Creadores para parar nuestra incesante
tortura, soy el único que puede llevar la paz a nuestro continente
escondido y parar las guerras triviales que nos acechan. Los Lobos
Huargos del Norte intentan impedírnoslo, quieren hacerse ellos con
el poder, y llevar a cabo su venganza: matar a todos los humanos del
planeta, llevar a cabo su extinción, para ser los únicos
supervivientes. Casi todos los protectores les secundan, los
cazadores somos ya un bien escaso, y ellos quieren alzarse con el
poder del reino, para hacer el mundo suyo, ser la especie dominante y
convertir el resto de la vida de otras especies en una continua
tortura.––se había quedado mudo, así que empecé a andar hacía
la puerta, donde Dante nos observaba, pero hizo un gesto para que
parase y se quedó mirándome.
––¿Buscáis gente con la que crear un
ejercito?––me preguntó, intentando adivinar mis verdaderas
intenciones, y sonreí.
––No soy como los de las leyendas, no soy cruel ni
vengativo. No lo hago todo para mi y por mi. Necesito que los seres
humanos confíen en mi familia, que nos ayuden, pero sin saber que es
lo que están haciendo concretamente, o de lo contrario nos
mataran––mi voz había sonado débil, como una suplica, pues eso
era. Suplicaba ayuda a cualquier raza, cualquier especie. Desde
pequeño, a pesar de ser cazador, había odiado matar, con todas mis
fuerzas, y solo lo hacía en caso de extrema necesidad. Quería
terminar con las guerras, las muertes, y solo había una forma:
derrotando a las gentes que nos perseguían, que eran cada vez más
numerosas.
––¿Por eso quieres a Karix y a Lucka? ¿Para que
consigan que toda la ciudad os ayude? No creo que sea tan fácil, a
demás de que como has dicho, son especiales, y en tal caso tendrás
que contarles la verdad.
––Todo a su debido tiempo, ¿vale?––suspiré y
sonreí, en un gesto amable––bueno, ¿que?, ¿nos ayudaras o
no?––se quedó en silencio, y sentí como si mi corazón se
parase, hasta que de pronto, después de unos segundos que se me
hicieron eternos, sonrió y asintió. El alivio me hizo sonreír, y
noté como se me quitaba un peso de encima.
Karix
––¿Crees que dice la verdad?––le pregunté a
Lucka, cuando llegamos a su casa en el coche de su madre. Habían
hecho el favor de acogerme en su casa unos días, al menos hasta que
se supiese que había sido de mis padres, pues mi hermano estaba
colaborando con la policía para encontrarles y frenar las
desapariciones y asesinatos, provocados por aquellos lobos.
––No lo se––suspiró, sentándose en su cama y
mirando a la televisión apagada que descansaba sobre su mesa––pero
deberíamos confiar en él, no se, me cae bien.
––¿Te cae bien?––y solté un bufido, sin
acabar de creérmelo. A mi mejor amigo el caía bien un chaval que
juraba que podía salvar a mis padres de unos lobos hambrientos.
Cuando Guldar había salido de la clase, la gente no había dejado de
hablar, y ahora todo el mundo tenía más que claro que ellos eran
los culpables de todo, aunque obviamente, la policía no nos había
creído––¿como te puede caer bien? ¡Ha secuestrado a mis
padres!
––Karix, eso no lo sabes––dijo, levantándose y
poniendo una mano sobre mi hombro, en gesto tranquilizador––es
consciente de los rumores, ¿crees que te habría dicho que mañana
estarían aquí si no fuese verdad? ¡Venga ya! Sabía de sobra lo
que sus palabras provocarían, y sabe bien que si no cumple, más de
medio instituto querrá crucificarlo, y se llevará más de una
paliza... de todos modos––añadió, cerrando la puerta a su
espalda, encendiendo la luz y bajando las persianas––creo que los
rumores se equivocan.
––¿Eso porqué?––dije, mientras me sentaba en
la alfombra y él encendía la televisión––puede que no sea
lógico, pero joder, tienen todas las papeletas. Lo que dice Maya y
la gente del insti es cierto. Si no son culpables, saben algo más
que los demás.
––Es posible que sepan algo más.––Encendió la
videoconsola, cogió los dos mandos, me dio uno y se sentó a mi
lado––pero no creo que sean culpables.
Dejamos el tema de lado durante al menos dos horas, en
las que nos enfrascamos en un videojuego de detectives que su madre
le acababa de comprar. Iba sobre investigar extraños asesinatos, y
tomé nota mental de todo lo que salía, para utilizarlo en la vida
real. A la hora de la comida, su madre nos llamó y bajamos tras
apagarlo todo.
––Karix––dijo el padre de Lucka tras la comida.
Era pelirrojo y tenía los ojos verdes. Vestía una gabardina marrón,
y debajo tenía el traje de la policía, pues era detective inspector
de homicidios y desapariciones––no hemos encontrado ninguna
pista, pero no te preocupes, les encontraremos, ¿vale? Seguro que
están bien, no hay porqué preocuparse. Tus padres saben cuidarse
solos. Me acuerdo cuando estábamos en el instituto, teníamos un par
de años más que vosotros y...
––Papá––le cortó Lucka, agarrándome del
brazo––no es momento para tus batallitas, ¿vale? Estamos
cansados. Entre lo de sus padres y el profesor Henrris, ha sido un
día muy duro.
––Déjales descansar, cariño––dijo su madre,
saliendo de la cocina y abrazando a su padre por la cintura––ya
les contaras lo que quieras en la cena, o mañana.
Ambos sonrieron, y el padre de Lucka se giró hacía su
madre. Mi amigo y yo subimos corriendo las escaleras, para evitar ver
como se ponían empalagosos. Sus padres nos habían puesto un segundo
colchón en la habitación, para que durmiese yo, y nada más
echarnos en las camas, nos quedamos fritos.
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