domingo, 6 de enero de 2013

Capitulo 3. Verdades


Capitulo 3. Verdades

Lucka

La noche habría sido silenciosa de no ser por la incesante lluvia que llevaba ya dos días cayendo sobre la ciudad. El cielo estaba iluminado por los relámpagos, y de vez en cuando se oía un trueno, seguido de un luminoso rayo. Durante la cena, mi padre nos había contado a Karix y a mi más de veinte historias que habían vivido él y el padre de mi amigos, y después de eso, nos habíamos pasado una hora más viendo la televisión. Hacía ya un rato que nos habíamos acostado, y mi compañero de cuarto dormía profundamente, pero a mi había algo que no me dejaba descansar: Guldar. Ese chico era un misterio. Desde pequeño se me había dado bien la psicología, y sabía exactamente como eran y como reaccionaban las personas que me rodeaban... pero, ¿sería igual de fácil con él? Tenía que comprobarlo. Tenía que saber si era alguien normal... o alguien sobrenatural. Me di la vuelta, dando la espalda a la habitación y mirando a la pared. No podía quitármelo de la cabeza, ¿y si los rumores eran reales? Quería saberlo todo sobre ese chico. Estaban empezando a cerrarseme los ojos cuando un aullido rompió la ''tranquilidad'' de la tormenta. Me incorporé en al cama y miré a todos lados. Había sonado muy cerca. De pronto, la ventana comenzó a empañarse, y al otro lado se escuchaba una fuerte respiración. Me quedé quieto, completamente inmóvil, mirando a la ventana. De pronto apareció la enorme cabeza de un lobo blanco, que debía medir unos cuatro metros. Sus ojos negros lo observaban todo, pero no parecía haberse percatado de lo que había tras el cristal, si no, estaba seguro de que ya nos habría comido. El animal soltó un gruñido, y comenzó a girar la cabeza hacía la habitación. Empecé a oír a toda velocidad el latido del corazón, y el sonido de la tormenta y el agua al caer parecían un eco muy, muy lejano. Escuchaba atentamente la fuerte respiración de la bestia, y los pequeños gruñidos que soltaba de vez en cuando. Sus ojos se clavaron en mi, me enseñó los colmillos y dio un hocicazo contra la pared, gruñendo esta vez más fuerte. ¿Que debía hacer? Si gritaba y salía corriendo, entraría más rápido, enfurecido por la ira de haber sido descubierto. Comencé a moverme lentamente, en silencio, mientras aquel enorme monstruo me observaba, gruñendo y estampando su cabeza contra el cristal. Di varios pasos hacía atrás, nada más levantarme de la cama, tropecé con algo, caí al suelo y el despertador se golpeó contra la alfombra, haciéndose añicos: el lobo volvió a rugir. Miré a mi amigo, pero para su suerte o desgracia, seguía completamente frito. Me levanté con cuidado, sin comprender porqué aquel lobo no intentaba entrar en el cuarto, rompiendo las paredes, para devorarme. Miré a sus ojos, que pasaron de ser negros a ser grises, con la pupila en el centro: eran ojos humanos. Fruncí el ceño y giré la cabeza.
––¿Guldar?––dije en un susurro, y el animal soltó un bufido, que se asemejaba a una risa de burla. Sin saber porqué sonreí, y comencé a andar hacía la ventana. Iba a abrirla cuando sonó otro aullido, y el... chico lobo se giró a toda velocidad hacía el otro lado de la calle, enseñando los dientes. Al cabo de unos instantes echó a correr y desapareció de mi vista. Aparté las cortinas, giré el manillar y salté a la calle, que estaba a tres metros de altura. Caí rodando, lo que evitó que me rompiese algo, y aun en pijama y con las zapatillas de andar por casa, eché a correr por la calle, en dirección a los dos lobos enromes, uno blanco y uno negro, que se peleaban ferozmente.––¡Cuidado!––grité y me tiré al suelo, cuando un segundo lobo negro apareció a mi espalda, aullando con ferocidad: eran dos contra uno. Guldar se giró y recibió un zarpazo del nuevo combatiente en el hocico, y su otro rival aprovechó para lanzarse a morder su cuello. Me giré hacía todas partes, buscando algo con lo que ayudarle, pero no había nada, salvo piedras. Agarré varias, y empecé a tirárselas a los lobos negros, que se giraron hacía mi, con gesto ofendido.––¡¿pero que cojones hago?!––chillé, cuando las bestias comenzaron a correr hacía mi. Me giré y corrí a toda velocidad, intentando huir, pero tropecé y caí, golpeándome fuertemente en la cabeza contra el asfalto. Miré a mi espalda, aturdido, y vi como el chico lobo había conseguido retener a uno de los lobos negros, pero el otro saltó se abalanzó sobre mi. Me tapé la cara con ambos brazos y grité con todas mis fuerzas: para mi sorpresa, cuando aquel horripilante ser estaba a punto de caer sobre mi, otro lobo blanco salió de la nada, rompiendo parte de la pared y el tejado de una casa, y saltó, golpeando a mi agresor en el vientre y tirándolo al suelo. Iba a levantarme cuando, por la perdida de sangre de la herida que me había hecho al escurrirme, me desmayé.

Guldar

––Me ha salvado la vida––dije, mirando a aquel chico que había conocido en la escuela, y que ahora estaba tirado en mitad de la carretera, con un pijama rojo con lunares blancos, y unas zapatillas rojas––si no hubiese gritado, jamás habrías llegado a tiempo.
––Al parecer tenías razón––me contestó Wolf, cogiendo a Lucka en brazos y mirándome––¿Done vive?––señalé la casa a la que le faltaba un trozo de hormigón y varias tejas del tejado––lo mejor será que llamemos a la puerta...
––Iban a por su familia––dije, mientras andábamos hacía la entrada de la casa. Aquellos dos lobos negros no eran parte de las bestias de los Lobos Huargos del Norte, ni de ninguna organización que hubiese visto nunca. Los lobos negros eran símbolo de oscuridad y magias ocultas propias de los nigromantes. ¿Serían ellos los que habían secuestrado a los padres del otro chaval.
––Dejemos eso para cuando volvamos a casa––me cortó mi hermano, indicando con la barbilla que llamase al timbre. Me acerqué y apreté el interruptor, que provocó que una musiquita comenzase a sonar. Dentro de la casa se oyó un grito, y un montón de pasos bajar corriendo.––A ver como explicamos todo esto.
Karix

Me desperté por culpa del sonido del timbre, y me giré para mirar a Lucka, pero no estaba. La ventana estaba abierta de par en par, y el despertador estaba tirado por el suelo, echo añicos. Solté un grito y salí corriendo al pasillo, al mismo tiempo que sus padres salían de su habitación.
––¡No esta!––les dije, señalando el interior del cuarto. Ellos gritaron, y los tres bajamos corriendo las escaleras, en dirección a la puerta.
Al otro lado estaba Guldar, aquel extraño muchacho que había jurado que mis padres aparecerían a la mañana siguiente, y su hermano mayor, Wolf, que sujetaba a un Lucka inconsciente entre sus brazos.
––Creo que se os a perdido esto––dijo el chico nuevo de mi clase, señalando a Lucka, con una sonrisa que me resultó demasiado encantadora para un chaval tan siniestro como él.
Los padres de mi amigo les dejaron entrar, y tras cerrar la puerta, tumbaron a Lucka en el sofá, mientras su madre cogía el botiquín y le curaba la brecha que tenía en la frente. Wolf empezó a mirar la casa con curiosidad, como si jamás hubiese estado en una tan abarrotada. Soltó un bufido, le dijo algo a su hermano al oído y me miró a los ojos.
––Tu debes ser Karix––dijo, con aquella voz gutural que parecía venir del inframundo de las películas de terror. Me tendió la mano y me dedicó una sonrisa que le hizo parecer aun más tétrico, si era posible––un placer. Mi hermano me ha hablado de ti.
––¿A si?––dije, mirando a Guldar, alzando una ceja. ¿Que le había hablado de mi? ¿Que demonios podría haberle contado? Tal vez le había dicho que me había metido en clase con él, y ahora buscaba vengar a su hermano. Tragué saliva y carraspeé, incómodo, pero al final le estreché la mano, para no parecer más idiota de lo que debía parecer––U-un placer––dije, nervioso por toda aquella situación. Me giré hacía mi amigo y suspiré––¿que le ha pasado?
––Lobos negros––dijo Guldar, mirando por la ventana––venían a por vosotros. Lucka me salvó la vida. Él alertó a mi hermano... y eso también le salvó la vida a él.
––¿Que?––pregunté, alucinando. ¿Que unos lobos negros venían a por nosotros, y gracias a Lucka ellos dos nos habían salvado? No tenía sentido, al menos que los rumores fuesen ciertos, claro.
––Am, mira, no busco que lo comprendas, pero aquí estáis en peligro. Ya saben donde os refugiáis, vendrán más a vengar a sus compañeros.––me contestó Wolf, en un tono amistoso que parecía impropio de una persona como él. ¿Lucka tendría razón y les habíamos juzgado mal, sin motivos?––lo mejor será que...
––Aquí están seguros––le cortó la madre de Lucka, levantándose y frunciendo el ceño. Se acercó a él a una velocidad impresionante, levantó la mano y clavó el dedo índice en sus costillas, en un gesto de enfado.––¿Te atreves a decir que mi casa no es segura y que no se como tratar a mis hijos?––Wolf se encogió de hombros, y levantó las manos, en señal de disculpa.
––No digo eso, señora––su tono era respetuoso, con una pizca de miedo. ¿Le tenía pánico a la madre de mi mejor amigo? ¿Él, un chico que acababa de matar a dos lobos junto a su hermano? Era imposible––solo digo, que hay... al parecer, dos amenazas ahí fuera, y una de ellas tiene intención de daros caza.
––Pues serán ellos los cazados––dijo en tono áspero el padre de Lucka, con un gesto serio que nunca había visto en él. Aquel era un hombre amable, alegre y divertido. Jamás en mi vida lo había visto enfadado, y mucho menos le había escuchado decir unas palabras como aquellas. ¿Cazar él a lobos? ¿Que demonios estaba pasando?
––Vaya––dijo Guldar, apartando a su hermano y dirigiendo su mirada a aquella familia que, al parecer, yo no conocía tan bien––mi instinto no se equivocaba. Sois cazadores––el padre de Lucka asintió, se agachó y le acarició el pelo a su hijo––y, entonces, ¿por qué no le habéis contado nada a vuestro hijo.
––Esta ciudad era segura, ni la tormenta nos alcanzó, hasta que llegaron esas dos amenazas que decís. Supongo que los que nos buscan son los que os han traído hasta aquí, y a la vez, vosotros habéis atraído a la otra amenaza––los dos muchachos siniestros asintieron.
Wolf

––Guldar tenía razón––dije nada más entrar en casa, treinta minutos después de haber abandonado la casa de aquel chico que se llamaba Lucka––son cazadores. Pero el otro chaval, Karix, también tiene algo, pero su aura no es ni de mago ni de cazador––mi padre frunció el ceño y nos miró a mi hermano y a mi.
––¿A no? ¿Entonces, de qué?––su tonó era curioso pero serio, una mezcla interesante. Jamás le había visto interesarse seriamente por algo.
––De algo legendario.––sonreí, en forma de burla.
Después de aquello, Guldar se fue a su cuarto, y yo al mio. Me tumbé en la cama, y en aquella oscuridad, interrumpida a ratos por la tormenta, me quedé mirando a la ventana. Los padres de aquel chico eran cazadores, pero, ¿él lo era? Había algo extraño, algo que solo podías percibir si estabas un rato cerca de él, y mi hermano, al ser tan joven, no debía haberlo detectado. Ese cazador era diferente. Suspiré y miré hacía la puerta, donde mi padre me observaba, de pie.
––¿Hay algo más que no me hayas contado, hijo?––su tono de voz era serio y duro, sin emociones. Solo dejaba ver en sus palabras lo que sentía con Guldar y mi madre, y era comprensible. Yo había salido a él, duro, frío y fuerte, pero mi hermano pequeño había salido a mi madre, que había muerto dos días después de que él naciese, en aquella interminable guerra de nuestro continente. Guldar era dulce, alegre, y muy frágil. Se dejaba llevar por lo que sentía, pues lo confundía con su intuición, y casi siempre salía mal parado, por eso hacía muchos años que habíamos abandonado las civilizaciones, para protegerlo, pero ahora no teníamos elección. Negué con la cabeza y volví a suspirar.
––No es asunto mio. Es cosa de Guldar––mi tono era frío, carente de emociones, pues era lo que me había enseñado mi padre. Si las bestias notaban que tenías miedo, te mataban, si veían que querías a alguien, lo mataban delante de ti. El corazón tenía que ser de acero duro y frío.
––Por tu mirada, supongo que él no sabe nada––agaché la cabeza ante sus palabras, para ocultar mis ojos. Cuando se trataba de mi hermano, mi muralla fallaba, y mis ojos desvelaban que era lo que estaba pensando. Aun tenía que perfeccionar algunas cosas de mi personalidad.
––Da igual. Lo descubrirá, será un gran cazador, el mejor de todos––dudé un segundo, y aquel pensamiento de que tal vez no lo lograría, impregnó mis palabras, y mi padre encaró una ceja. Debía estar enfadado. Su hijo de sangre no debía ser débil. Si lo era Dark, no pasaba nada, él era hijo de nuestra madre actual, Nina. Si lo era Guldar, era comprensible, él era un Laisinier, y la familia de mi madre se caracterizaba por su bondad y gran corazón. Pero yo era un Gelio Puño de Hierro. Yo tenía que ser más duro y fuerte que las montañas, más frío que el viento de invierno, más estable que el agua en una noche sin nubes. Yo tenía que Él Cazador Puño de Hierro, el que se encargaría de proteger la casa real, pues era mi familia.––Lo siento––me disculpé, volviendo a mirarle a los ojos––a veces cuesta.
––Aun eres joven, pero tienes que esforzarte. No llegaras muy lejos si delatas tus sentimientos hacía tu hermano. Lo matarían, y sería tu culpa––asentí y el soltó un bufido. En pocos segundos volví a quedarme solo en la habitación, bajo los sonidos de aquella tormenta que me nos había perseguido desde que salimos de nuestro reino, como fugitivos y no como los reyes que eramos... lo que habría querido mi madre que fuésemos. Tragué saliva para aguantarme las lágrimas. Aun seguía recordando su rostro, su voz, sus caricias, el como era mi padre conmigo cuando ella seguía viva... y aun recordaba la noche en la que la asesinaron.

viernes, 4 de enero de 2013

Capitulo 2. ¿Mentiras o verdades?


Capitulo 2. ¿Mentiras o verdades?

Guldar

––Tenemos que salvarles––le dije a Wolf, mientras volvíamos andando a casa. Nadie nos había puesto pegas para que nos fuésemos de las escuela sin que vinieran nuestros padres a buscarnos, probablemente gracias a los rumores que rodeaban a nuestra existencia––eso hará que nos ganemos el aprecio de la gente, y es lo que papá quiere que hagamos.
––¿Solo haces esto para obedecer a papá?––me contestó él, yendo a mi ritmo y encarando una ceja. Cuando hacía eso me daban ganas de partirle la mandíbula de un puñetazo, pero apreté los puños y me controlé––seguro que hay algo más, pillín––empezó a reírse, con aquellos ojos diabólicos clavados en mi, y un escalofrío me recorrió el cuerpo: su risa sonaba como la de el Conde Drácula en las películas que veíamos por las noches. Todo en él era tétrico y horripilante, pero yo le quería muchísimo, y al llevar toda mi vida a su lado, me había acostumbrado rápidamente a su comportamiento.
––Sea por el motivo que sea––nos cortó Dark, que iba unos pasos por detrás y se paró al lado de Wolf, poniendo una mano en su espalda––vosotros sois cazadores. Matáis bestias, robáis crías y las adiestráis, para crear un ejercito invencible: no salváis gente. De eso nos encargamos los protectores, ¿o acaso lo habéis olvidado ya?––su tono de voz era de reproche, y no pude evitar soltar un pequeño bufido a la vez que miraba hacía el cielo. La lluvia no cesaba, ni lo haría, pues aquellas tormentas seguían a los seres como nosotros allá donde fuésemos, era el castigo que recibíamos por lo que eramos: no ver la luz del sol.
––No, no lo hemos olvidado––dijimos Wolf y yo a la vez, en un tono monótono y aburrido, como si hubiésemos escuchado esas palabras y dado esa contestación miles de veces antes, y así era. Nuestros padres nos lo explicaban día si y noche también. El cazador caza y entrena bestias, el protector se asegura de que los primeros no destruyan la humanidad, era tedioso.
––Pues ya está. Dejadnos ese trabajo a mamá y a mi, y encargaos vosotros de lo vuestro, si es que sois capaces, claro––sus palabras habían sonado amenazadoras, y Wolf y yo nos miramos, con un gesto de burla. Dark siempre nos había odiado, porque a diferencia de mamá, que había visto muchas veces el sol antes de casarse con papá, el nunca había visto la luz del día, y era por nuestra culpa. Eramos una familia, si, y nos cuidábamos unos a otros, pero eso no evitaba que en cierto modo, nuestro hermano mediano nos odiase a ambos. La tormenta solo perseguía a los cazadores, a los protectores, esos supuestos magos sin parangón ni comparación con todos los libros de fantasía de los humanos, no se les castigaba por lo que eran, a ellos se les daban privilegios. Los dioses solo ayudaban a los que protegían a sus creaciones, no a aquellos ''hombres'' que tenían extraños poderes, cazaban, amaestraban criaturas y según nuestro padre, podían llegar a crear bestias. Nadie sabía de donde habían salido los cazadores, pues no habían sido creados por Los Reyes del Cielo Azul y El Tiempo, por eso estos les prohibían ver lo más bonito del universo: la luz del sol, un dulce amanecer o un romántico atardecer.
Continuamos andando, en silencio durante un buen rato, pues cada uno iba pensando en sus cosas. No sabía en que divagaban sus mentes, pero la mía seguía pensando en aquel chico que me había hablado, sin buscar nada concreto con ello, sin querer beneficiarse, o eso era lo que me había dado a entender, porque, ¿que podía sacar de beneficio hablando con un niño lobo, que era como me llamaban? Ese joven, Lucka, era extraño, y su amigo, Karix, también. Tenían algo, algo que los hacía distintos, y yo estaba dispuesto a descubrir el que.
––Creo––dije, rompiendo el silencio, a la vez que me mordía el labio y alzaba la cabeza, justo para ver como un rayo caía en la lejanía––que esos dos tienen algo especial––mire a Dark, y el me observó de reojo, como si no comprendiese a que me refería.
Wolf se paró en seco, me agarró de la chaqueta y me arrastró hasta un callejón oscuro, mirando a los lados para asegurarse de que no había cerca nadie que nos pudiese escuchar: mi otro hermano nos siguió.
––¿Algo especial? ¿A que te refieres?––preguntó, encarando una ceja y soltando un pequeño gruñido. Metió las manos en los bolsillos de las chaquetas y miró al cielo.
––No lo se... pero tienen algo. Hazme caso, lo he notado. No se que es, pero hay algo que los hace diferentes––tragué saliva y le miré directamente a los ojos. Él giró la cabeza y se dio la vuelta. No podía soportar cuando yo le miraba con aquella cara, al contrario que Dark, Wolf me trataba con mucho cariño... a su manera, claro. Puede que no me abrazase ni me diese besos en las mejillas, como hacían las familias humanas, pero cuando vivíamos en el bosque y era yo muy pequeño, él era quien me había cuidado, mientras nuestro padre nos entrenaba para lo que nos deparaba nuestro futuro, entre aquella incesante tormenta.––no se si es algo que los hace mejores o peores ante los ojos de los Reyes.
––¿Estas seguro de que es por eso, y no por ningún estúpido capricho tuyo?––dijo Dark, mirándome fijamente a los ojos y apretando los dientes. Él siempre decía que la intuición de los cazadores no existía, y que solo eran coincidencias y suerte que acertasen.
––Yo no tengo estúpidos caprichos––le contesté, furioso, escupiéndole en la cara. Se limpió con la manga y se apartó, mirando hacía la entrada del callejón.
––Guldar, Dark, volvamos a casa. Se lo diremos a mamá y a papá. Ellos decidirán. Se enfadarían mucho si hiciésemos cualquier cosa por nuestra cuenta––los dos asentimos tras sus palabras y salimos del callejón, en dirección a nuestra casa.
Llegamos al cabo de quince minutos, y nada más entrar por la puerta, llamamos a nuestros padres, y cuando estuvimos todos sentados en el sofá del salón, Wolf les contó lo que les había pasado a los padres de ese chico de mi clase, y lo que me decía mi intuición sobre mis dos compañeros de instituto. Mientras Wolf lo narraba todo con esmero, yo estaba tumbado en la alfombra negra del suelo, rascándole la tripa a Dante, que había bajado corriendo a recibirme, y ahora estaba panzaarriba, lamiéndome la mano con la que sujetaba un hueso que había cogido de la comida de el día anterior.
––¿Es eso verdad, hijo?––dijo mi padre, apartando la mirada de mi hermano mayor y dirigiéndose hacía mi.––¿tu instinto dice que tienen algo que los hace diferentes?––su tono siempre se endulzaba cuando me hablaba, y eso me hacía sonreír, pues odiaba el tono duro y serio que utilizaba con mis hermanos. Solo a mamá la trataba de forma más dulce.
––Si. Lo he notado cuando se me han acercado hoy en clase. En Lucka era más... fácil de percibir, probablemente porque el otro estaba bastante cegado por la ira, y sabemos bien que es el único sentimiento que afecta a nuestro sexto sentido.––mis padres asintieron y se quedaron en silencio un momento, mirándose, como si no supiesen si decir lo que pensaban o no.
––Esta mañana hemos hecho una expedición al lugar donde se esconden estas bestias––dijo mi madre, levantándose y sentándose a mi lado. Rodeó mi cintura con su brazo izquierdo, y me apretó contra ella, en un gesto dulce: ella siempre nos trataba a todos con el mismo cariño que utilizan las madres con sus hijos humanos––y ya se que en esta casa nunca faltamos a nuestras promesas, pero allí solo había inconsciente un hombre, el profesor ese. Le hemos conseguido salvar, pero si allí había alguien más... ya se lo habrán comido, aunque no creo, pues no había sangre ni huesos por ninguna parte.
Me quedé en silencio, observándola, con gesto grave. ¿Si no les habían secuestrado los Lobos Huargos del Norte, que nos llevaban intentando eliminar desde hacía años con sus bestias, quien demonios había cogido a sus padres? Me mordí el labio y fijé mi vista en el suelo. ¿Como iba a explicarle a ese muchacho que los lobos no tenían a sus padres? No me creería, y si lo hacía o se lo demostraba, seguramente dirían que eramos los causantes y nos llevarían a la cárcel, o nos matarían directamente.
––Mamá––dije, tras pensar un rato, levantando la vista––¿donde está ahora el profesor?––todos clavaron sus ojos en mi, sin comprender cuales eran mis intenciones, y suspiré––si consigo que el profesor les diga a esos dos, que los lobos no han sido, y que nosotros no estamos detrás de las desapariciones, la gente dejará de tratarnos mal––mi padre sonrió y asintió, dando a entender que mi plan le gustaba.
––Y si además les dice que le hemos salvado––añadió Wolf, mirándome con un brillo de aprobación en sus inteligentes ojos grises––confiaran en nosotros y podrás averiguar que es eso que llama tu atención––todos asentimos a la vez.
––Esta arriba, en la habitación de invitados––dijo mi padre, levantándose y dirigiéndose a la cocina––explícale todo lo que quieras sobre nosotros. Estoy casi seguro de que no es un mal hombre, y de que nos creerá. Lo comprenderás cuando le veas.
Me levanté y salí corriendo escaleras arriba, bajo un gruñido de sorpresa de Dante, que dio un salto para levantarse y me siguió a toda velocidad, dando brincos con sus patitas cortas, intentando subir rápido los escalones. Me paré en mitad de la escalera del segundo piso, al darme cuenta de que él no podía seguir mi ritmo, así que me agaché, le cogí en brazos y terminé de subir. Abrí la puerta sin cuidado: si se despertaba por el ruido, mejor que mejor, pues no tendría el problema de como despertarlo sin asustarle. Nada más entrar, el hombre me miró con unos astutos ojos negros, y me dio un vuelco el corazón. A aquel hombre yo ya le había visto antes, en el bosque, hacía siete años. Él nos había salvado de una de las bestias de los seres que nos perseguían, y como agradecimiento, le habíamos regalado un collar mágico que haría su piel más dura y resistente ante los mordiscos y zarpazos de bestias inmundas.
––Pero mira a quien tenemos aquí––dijo, con una sonrisa, mientras yo me acercaba y me sentaba en el borde de la cama––el pequeño cazador imprudente que rescaté en aquel inhóspito bosque.
––¿Eres cazador y prefieres pasar tu vida ejerciendo de profesor de historia en un instituto?––le pregunté, frunciendo el ceño, y él empezó a reírse. Estaba cubierto por las sabanas negras de la cama, su pelo estaba pegado a la cabeza, probablemente por culpa de la sangre de alguno de los golpes que había recibido––no creí que un simple lobo huargo pudiese darte caza, francamente.
––Y yo no esperaba que tres cazadores y dos protectores se viniesen a vivir a una ciudad tan enorme como esta, pudiendo ir a cualquier sierra, donde serían mucho más felices––encaró una ceja y se incorporó, poniendo los brazos por fuera de las sabanas, y me quedé mirando fijamente su brazo izquierdo, donde no había mano, y en su lugar había un muñón que debía haber cicatrizado hacía dos años como mínimo. Ese debía ser el motivo de que dejase el oficio.––dime porque os persiguen y que hacéis aquí. No creo que hayas subido por ningún otro motivo.
––En realidad he subido para pedirte tu ayuda. Supongo que ya lo habrás notado, pero en la clase de la que eres tutor hay dos personas que tienen algo especial. Los padres de uno de ellos, Karix, han desaparecido, y le prometí que mañana estarían en casa, pero resulta que los lobos no los han atrapado, y no sabemos quienes han sido. Necesito que les digas que no somos los culpables, y que te hemos salvado la vida––le contesté, al mismo tiempo que me levantaba y me dirigía a la ventana. Abrí la ventana y deje que el húmedo aire de la tormenta impregnase toda la habitación––¿como has conseguido que la tormenta no te siga? Según tengo entendido, persigue y castiga sin el día a todos los cazadores,
––Y así es, por eso, al llegar a esta ciudad y ver que desaparecía, me quedé. Aun sigo buscando el motivo, pero parece ser que cuatro cazadores son muchos para que la tormenta nos abandone.
––Los lobos también tienen cazadores, somos más de cuatro, cinco o seis tal vez. Es un grupo de treinta, veinticinco son protectores, según tengo entendido. Todo grupo necesita cazadores cuando tienen la misión de matar algo, ¿no crees?––tragué saliva y me giré para mirarle. Sus ojos estaban fijos en mi, y tenía una actitud seria. Noté como carraspeaba y apartaba la vista, intimidado por mis ojos.
––Te ayudaré si me explicas quienes sois y porqué os persiguen.––sus palabras habían salido de su boca en un tono amenazador, y no dudé ni un segundo en que cumpliría su palabra, asi que me acerqué a él, para que escuchase bien mis palabras.
––Somos el último vestigio de la civilización de los Creadores Paganos, mi padre, mi hermano Wolf y yo. Mi madre y mi hermano Dark se unieron a nuestra causa cuando yo tenía cinco meses. Mis padres se casaron, y mi madre, aprovechando que aun estaba en mi limite de tiempo, me transfirió parte de los poderes mágicos y sagrados de los protectores, ¿sabes porqué?––sus ojos se habían abierto como platos, como si no pudiese creer lo que le estaba contando, y era comprensible. Mi raza era una leyenda, tan antigua como la tierra misma, y jamás nadie había visto a un Cazador Pagano desde hacía no menos de mil años. Ante su silencio, sonreí.––porque soy Guldar Laisinier, único descendiente de la familia real de los primeros Cazadores del universo, e hijo legítimo de nuestra existencia. Soy el único que, con el entrenamiento adecuado, podría llegar a hablar con los Creadores para parar nuestra incesante tortura, soy el único que puede llevar la paz a nuestro continente escondido y parar las guerras triviales que nos acechan. Los Lobos Huargos del Norte intentan impedírnoslo, quieren hacerse ellos con el poder, y llevar a cabo su venganza: matar a todos los humanos del planeta, llevar a cabo su extinción, para ser los únicos supervivientes. Casi todos los protectores les secundan, los cazadores somos ya un bien escaso, y ellos quieren alzarse con el poder del reino, para hacer el mundo suyo, ser la especie dominante y convertir el resto de la vida de otras especies en una continua tortura.––se había quedado mudo, así que empecé a andar hacía la puerta, donde Dante nos observaba, pero hizo un gesto para que parase y se quedó mirándome.
––¿Buscáis gente con la que crear un ejercito?––me preguntó, intentando adivinar mis verdaderas intenciones, y sonreí.
––No soy como los de las leyendas, no soy cruel ni vengativo. No lo hago todo para mi y por mi. Necesito que los seres humanos confíen en mi familia, que nos ayuden, pero sin saber que es lo que están haciendo concretamente, o de lo contrario nos mataran––mi voz había sonado débil, como una suplica, pues eso era. Suplicaba ayuda a cualquier raza, cualquier especie. Desde pequeño, a pesar de ser cazador, había odiado matar, con todas mis fuerzas, y solo lo hacía en caso de extrema necesidad. Quería terminar con las guerras, las muertes, y solo había una forma: derrotando a las gentes que nos perseguían, que eran cada vez más numerosas.
––¿Por eso quieres a Karix y a Lucka? ¿Para que consigan que toda la ciudad os ayude? No creo que sea tan fácil, a demás de que como has dicho, son especiales, y en tal caso tendrás que contarles la verdad.
––Todo a su debido tiempo, ¿vale?––suspiré y sonreí, en un gesto amable––bueno, ¿que?, ¿nos ayudaras o no?––se quedó en silencio, y sentí como si mi corazón se parase, hasta que de pronto, después de unos segundos que se me hicieron eternos, sonrió y asintió. El alivio me hizo sonreír, y noté como se me quitaba un peso de encima.

Karix

––¿Crees que dice la verdad?––le pregunté a Lucka, cuando llegamos a su casa en el coche de su madre. Habían hecho el favor de acogerme en su casa unos días, al menos hasta que se supiese que había sido de mis padres, pues mi hermano estaba colaborando con la policía para encontrarles y frenar las desapariciones y asesinatos, provocados por aquellos lobos.
––No lo se––suspiró, sentándose en su cama y mirando a la televisión apagada que descansaba sobre su mesa––pero deberíamos confiar en él, no se, me cae bien.
––¿Te cae bien?––y solté un bufido, sin acabar de creérmelo. A mi mejor amigo el caía bien un chaval que juraba que podía salvar a mis padres de unos lobos hambrientos. Cuando Guldar había salido de la clase, la gente no había dejado de hablar, y ahora todo el mundo tenía más que claro que ellos eran los culpables de todo, aunque obviamente, la policía no nos había creído––¿como te puede caer bien? ¡Ha secuestrado a mis padres!
––Karix, eso no lo sabes––dijo, levantándose y poniendo una mano sobre mi hombro, en gesto tranquilizador––es consciente de los rumores, ¿crees que te habría dicho que mañana estarían aquí si no fuese verdad? ¡Venga ya! Sabía de sobra lo que sus palabras provocarían, y sabe bien que si no cumple, más de medio instituto querrá crucificarlo, y se llevará más de una paliza... de todos modos––añadió, cerrando la puerta a su espalda, encendiendo la luz y bajando las persianas––creo que los rumores se equivocan.
––¿Eso porqué?––dije, mientras me sentaba en la alfombra y él encendía la televisión––puede que no sea lógico, pero joder, tienen todas las papeletas. Lo que dice Maya y la gente del insti es cierto. Si no son culpables, saben algo más que los demás.
––Es posible que sepan algo más.––Encendió la videoconsola, cogió los dos mandos, me dio uno y se sentó a mi lado––pero no creo que sean culpables.
Dejamos el tema de lado durante al menos dos horas, en las que nos enfrascamos en un videojuego de detectives que su madre le acababa de comprar. Iba sobre investigar extraños asesinatos, y tomé nota mental de todo lo que salía, para utilizarlo en la vida real. A la hora de la comida, su madre nos llamó y bajamos tras apagarlo todo.
––Karix––dijo el padre de Lucka tras la comida. Era pelirrojo y tenía los ojos verdes. Vestía una gabardina marrón, y debajo tenía el traje de la policía, pues era detective inspector de homicidios y desapariciones––no hemos encontrado ninguna pista, pero no te preocupes, les encontraremos, ¿vale? Seguro que están bien, no hay porqué preocuparse. Tus padres saben cuidarse solos. Me acuerdo cuando estábamos en el instituto, teníamos un par de años más que vosotros y...
––Papá––le cortó Lucka, agarrándome del brazo––no es momento para tus batallitas, ¿vale? Estamos cansados. Entre lo de sus padres y el profesor Henrris, ha sido un día muy duro.
––Déjales descansar, cariño––dijo su madre, saliendo de la cocina y abrazando a su padre por la cintura––ya les contaras lo que quieras en la cena, o mañana.
Ambos sonrieron, y el padre de Lucka se giró hacía su madre. Mi amigo y yo subimos corriendo las escaleras, para evitar ver como se ponían empalagosos. Sus padres nos habían puesto un segundo colchón en la habitación, para que durmiese yo, y nada más echarnos en las camas, nos quedamos fritos.

miércoles, 2 de enero de 2013

Capitulo 1. Niños lobo.

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Capitulo 1. Niños lobo.

Karix

Unos ojos rojos me miran desde el otro lado de la calle. Sus enormes mandíbulas están provistas de gigantescos dientes, más grandes que mis dedos, y me mira con aspecto feroz. El silencio reina, no se oye ni un murciélago revolotear, ni siquiera las pequeñas y finas alitas de los insectos. De pronto, él gruñe y aúlla, y a lo lejos, tres bestias más corean aquel tétrico sonido, que impregna todo el ambiente. Vuelve a reinar el silencio, pero para mi, esta vez, es interrumpido por el latido de mi corazón, que va a mil por hora, y se que el puede oler mi miedo, por eso se relame, cerrando la boca. Noto como se me revuelve el estomago, seguido por arcadas y ganas de vomitar. Empiezo a dar pasos hacía atrás, y la criatura, sabiendo que voy a huir, dobla sus patas delanteras y me enseña sus enormes colmillos, junto a un gruñido. Intento girarme para salir corriendo, pero mi cuerpo no responde, estoy paralizado por el miedo, y cuando consigo volver a moverme, ya es demasiado tarde. La criatura salta, intento echarme hacía atrás pero caigo al suelo, y el enorme bicho aterriza justo delante de mi, con su enorme boca a escasos centímetros de mi cara. Huelo su aliento, putrefacto, y veo entre sus dientes los restos de carne cruda. Levanto la cabeza, y veo esos enormes ojos, propios de una bestia de cuatro metros, clavarse en mi, como si se burlase, antes de abrir su boca para devorarme, y grito con todas mis fuerzas.
––¡¡Noooo!!––chillé, levantando un brazo y abriendo los ojos de golpe. Me incorporé en la cama y miré a mi al rededor: ni rastro de la bestia. Estaba en mi habitación, con todo el cuerpo empapado en sudor, y con el corazón a punto de salirseme del pecho. Me levanté y entré en el baño, sin dignarme a mirar la hora. Me di una ducha fría de unos quince minutos, para despejarme y tranquilizarme, y cuando lo conseguí, salí, me puse el albornoz y subí las persianas. Afuera seguía haciendo un día de perros, con aquella tormenta que llevaba ya un día entero sin dejarnos ver el sol. Abrí la ventana y deje que el aire me diese en la cara.––Su madre..––susurré, aun un poco perturbado por la pesadilla que acababa de vivir. Llevaba años sin tener malos sueños.
Me calcé las zapatillas y bajé al salón, mientras me ataba bien fuerte el albornoz, para no helarme de frío. Me senté en el sofá, encendí la televisión y bajé un poco el volumen, para no despertar a nadie de mi casa. Suspiré y me recosté, acurrucándome como cuando era pequeño y no lograba dormir. Bostecé y miré la hora. Ya casi eran las siete, y oí como alguien bajaba las escaleras: debía de ser mi padre, pues mi madre se había marchado hacía media hora.
––¿No puedes dormir?––me sorprendió la voz de mi hermano desde el último escalón. Me giré y le dediqué una pequeña sonrisa. Él tenía el pelo despeinado, y aún llevaba el pijama puesto: no debía de haberse duchado aun.
––He tenido una pesadilla––le aclaré, levantándome y dirigiéndome hacía él, que me abrazó en cuanto me tuvo a su alcance––creo que ha sido culpa de los aullidos de los lobos.
––No pasa nada––dijo, estrechándome aún más fuerte entre sus brazos, y acariciándome el pelo con ternura––a vece se me olvida que todavía eres un enano de quince años––añadió, con una voz dulce y tierna, que solo recordaba que hubiese utilizado conmigo cuando tenía menos de diez años. Desde que yo había entrado al instituto, él había dejado de cuidarme, por así decirlo. Siempre decía que tenía que ser fuerte y valerme por mi mismo, pero en el fondo sabía que me quería––y tranquilo, no le diré nada a tus amigos. No sabrán que el gran capitán del equipo de baloncesto tiene aun pesadillas que le hacen llorar.
Le di un empujón y me aparte de él, con un gesto brusco. Ádrian me sacaba cinco años, y este era su último curso en nuestra escuela, el año que viene empezaría la universidad, y se iría a vivir a la otra punta de la ciudad. El estar a punto de cumplir la mayoría de edad le volvía un idiota, y se creía que cualquiera, aunque tuviese solo un año menos, era aun un niño pequeño.
––¿Donde está papá?––pregunté, mirando hacía las escaleras. Normalmente él se levantaba diez o veinte minutos antes que nosotros para prepararnos el desayuno, y el reloj de la cocina acababa de marcar las siete, la hora a la que nosotros nos levantábamos––aún no se a despertado.
––¿En serio?––dijo él, frunciendo el ceño y mirando hacía la cocina, que estaba oscura y en silencio. Se giro y subió las escaleras, mientras yo le seguía. Nos dirigimos a la habitación de nuestros padres y abrimos la puerta. Los dos nos quedamos quietos: la cama estaba hecha, y no había ningún indicio de que nadie hubiese dormido allí––¿Papá?––preguntó Ádrian, y se acerco a la ventana.––Están los dos coches.
––¿Que?––Me acerqué y me puse a su lado. Abajo, en frente del garaje, estaba la furgoneta negra de mi padre y el pequeño coche rojo de mi madre. Empecé a andar hacía atrás, asustado. Choqué contra una de las mesas, la lámpara se cayó al suelo y la bombilla se hizo pedazos. Los dos nos giramos a toda velocidad, y salimos corriendo escaleras abajo.––¡Papá!, ¡mamá!––grité mientras recorríamos todas las estancias de la casa, hasta que finalmente salimos al jardín.
La lluvia seguía cayendo a toda velocidad, y el cielo se iluminaba por los incesantes relámpagos y rayos. El silencio era algo desconocido, pues los truenos no dejaban de resonar por todo el cielo. Recorrimos todo el césped, hasta llegar a la puerta blanca que daba al jardín común de la urbanización y a la enorme piscina, pero no había ni rastro de nuestros padres.
––No están––dijo Ádrian, con un pequeño hilillo de voz. Nuestros ojos estaban húmedos, y nuestros corazones estaban encogidos en un puño. De pronto, un lobo aulló, con un extraño tono, como si nos contestase dónde estaban nuestros padres––¿Volvieron ayer a casa?––dijo, girándose a toda velocidad hacía mi. Yo ya estaba llorando.
––Cuando yo llegué a las nueve––miré al suelo, y tragué saliva––ellos se iban a dar un paseo al centro comercial. Tu ya estabas dormido, y me dijeron que me fuese a acostar.––los dos volvimos corriendo a la casa, ignorando que estuviésemos empapados, y él sacó de su mochila el móvil. Marcó el numero de la policía, y yo subí a vestirme. Me puse el uniforme a toda velocidad, y bajé corriendo, mientras el hablaba con un agente––¡Voy a casa de Lucka!
––¡Espera!––gritó él, soltando el teléfono y agarrándome del brazo––ten cuidado, por dios––dijo, abrazándome con fuerza y dándome un beso en la coronilla.––en cuanto venga le policía nos pondremos a buscarles, ¿vale? Ve a clase, y no te preocupes, seguro que no les a pasado nada.
Asentí, cogí la mochila y salí corriendo calle abajo. Al cabo de dos minutos llegué a casa de Lucka, y llamé al timbre cuatro veces seguidas, al cabo de unos segundos, su madre me abrió la puerta, me invitó a entrar y me senté en una silla de la mesa de la cocina.
––¡Lucka!––le llamó ella desde el primer escalón de la escalera––Karix está aquí, ¡baja ya!––y se giró hacía mi, con una sonrisa. Se acercó y me sirvió un vaso de leche, suponiendo que no había desayunado, pues apenas eran las siete y veinte de la mañana.



Lucka

Bajé corriendo, aún con mi pijama verde puesto, en cuanto mi madre me llamó a gritos para avisarme de que mi mejor amigo había venido. Cuando llegué a la puerta de la cocina se me quitó la sonrisa, al ver que el tenía los ojos rojos, fruto de haber llorado, y tenía cara triste. Me acerqué a él rápidamente, le abracé y me senté a su lado.
––¿Que pasa, tío? ¿Estas bien? ¿Que haces aquí tan temprano? ¿Ha pasado algo?––el corazón me latía a toda velocidad, y el soltó una pequeña risa histérica, que me hizo saber que había hecho demasiadas preguntas a la vez. Tragué saliva y suspiré––perdón, es que... bueno, ¿que pasa?––y me contó lo que había sucedido, que sus padres habían desaparecido, que no daban señales de vida y no cogían el móvil––dios... joder, lo siento, lo siento––le contesté, mientras le abrazaba, con el corazón encogido y un nudo en la garganta––no se que decir, dios, lo siento. Haré lo que sea, ¿habéis llamado a la policía?
––Si––dijo, a la vez que asentía levemente y miraba por la ventana. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y mi madre trajo una manta, que le echó por los hombros––mi hermano dice que no me preocupe y que vaya a clase.
Al cabo de un rato, mi madre nos sirvió el desayuno, pero ninguno de los dos probó bocado. Teníamos el estomago revuelto, no era el mejor momento para comer, pero aun así se lo agradecimos. Subimos a mi habitación, y él se quedó sentado en la cama, abrazando un cojín mientras yo me duchaba y me ponía el uniforme. A eso de las ocho menos diez salimos de mi casa, y cogimos el autobús para ir al instituto.
––¿Y Ádri?––le preguntó Mike a Karix: era el mejor amigo de su hermano, y era normal que le extrañase que no hubiese subido al autobús. Miré a mi al rededor y vi que casi todo el autobús nos miraba. Debían de haberse enterado de que habían llamado a la policía.
––Hemos tenido un problema en casa––contestó mi amigo, carraspeando y mirando a otro lado––hoy no irá a clase, mañana... tal vez, no se––suspiró, agachó la cabeza y se quedó en silencio, lo que hizo que Mike se fuese a su asiento de atrás, y el resto de gente empezase a murmurar cosas. En ese momento los dos odiamos que fuésemos los populares del instituto. La gente empezaría a soltar rumores, y eso solo haría más daño a mi mejor amigo.
Cuando llegamos, bajamos del autobús a toda velocidad, y nos quedamos un rato parados en la acera, mirando a la fachada de la escuela, que era enorme, de piedra gris y tejados negros. Era un edificio de mas de trescientos años, provisto de dos torres laterales y seis pisos en el pabellón central. Detrás, estaba el patio, y al final del todo, un edificio moderno que utilizábamos como gimnasio. Al igual que el día anterior, la lluvia no dejaba de caer, y la gris tormenta que nos cubría le daba un aspecto tétrico al lugar: parecía la mansión de una película de terror. Después de unos minutos, nos adentramos en las enormes verjas negras que cubrían el recinto, y fuimos en busca de Maya, pero no la encontramos por ningún lado, así que supusimos que estaría con la gente del coro, y entramos en el centro, para resguardarnos del agua, aunque en aquel momento nos importaba bien poco mojarnos, queríamos escapar de aquellos aullidos que se oían cada vez más cerca y más fuerte. Cuando sonó el timbre, nos dirigimos al aula trece, que era donde dábamos las clases generales, pues nos tocaba clase de historia. Nos sentamos en nuestro pupitre, que estaba en segunda fila, al lado de las ventanas. Al cabo de unos segundos, todo el mundo comenzó a entrar, y se sentaron en sus asientos: delante de nosotros estaban Maya, que nos saludó con entusiasmo, y Guldar, el niño nuevo.
––¿Donde estabas?––le pregunté a nuestra amiga, que me miró frunciendo el ceño: no le hacía mucha gracia mi tono brusco––te hemos estado buscando.
––Estaba con los del coro, ¿que pasa?––preguntó, girándose y acercándose a nosotros. Karix y yo le contamos en susurros lo que había pasado, y ella se quedó pálida. Iba a contestar, pero el director entró a toda prisa, con evidente nerviosismo, pues le sudaba la frente.
––Em... chicos, vuestro profesor y tutor, el señor Henrris, no ha asistido hoy al centro... y, em bueno... su casa ha sido... destrozada. No sabemos donde está, la policía está buscándolo––hizo una pausa, y todo el mundo empezó a hablar, a gritar, y los más sensibles a llorar: Henrris era nuestro tutor desde que teníamos nueve años. Era un hombre alegre, divertido, y conseguía que todos sus alumnos terminasen adorando la historia, y por consecuencia, aprobando su asignatura. Llevaba quince años sin tener que poner ni un solo suspenso. Era el mejor profesor del centro––hoy, se suspenden las clases, pero por recomendación de la policía, debéis quedaros todos en el centro, hasta que vuestros padres puedan venir a buscaros.
Todo el mundo comenzó a protestar, y el director salió de la sala a toda velocidad, cerrando la puerta detrás de si. Al cabo de un rato, el profesor de filosofía, que iba a ser el encargado de vigilar que nadie saliese, entró en la sala, y se puso a hablar con los demás alumnos. Maya, Karix y yo nos fuimos atrás del todo, y nos sentamos en el radiador, que estaba apagado.

Maya

––¿Habéis visto?––dije, señalando con la barbilla al niño nuevo, que estaba apoyado en la mesa, con la cabeza recostada entre sus brazos––está impasible, como si todo esto le diese completamente igual.
––Bueno––dijo Lucka, mirándome––es un poco normal, llegaron ayer, tampoco es que conozcan a ninguno de los desaparecidos.
––Ya, bueno, ¿y no te parece raro? Justo llegan y empieza todo esto––mi voz sonó muy intranquila, y Karix me miró, apartando al fin su mirada de vete tu a saber donde. No había dicho nada desde que nos habían dicho lo de nuestro tutor, hacía ya una hora.
––Creo que estas sacando todo de contexto––me dijo en una voz monótona, desprovista de sentimiento alguno––es una coincidencia, ya está.
Me quedé mirando al suelo, pensando como decir lo que estaba pensando, para que sonase como yo lo había entendido cuando me lo habían contado, y que no pudiesen interpretarlo de ninguna otra manera.
––¿Sabes lo que hizo su hermano mayor cuando se enteró de la primera desaparición?––añadí, y los dos me miraron, sin comprender a que me refería––se descojonó de risa en mitad de clase––susurré, para evitar que Guldar no me oyese, y pareció funcionar, porque no se movió––¿Y su nombre, que? ¡Se llama Wolf! Significa lobo en ingles, un idioma de hace mas de quinientos años.
Lucka y Karix se miraron y se incorporaron. Atravesaron la sala con la vista, en busca del chico nuevo, que había cambiado de posición y miraba a la ventana. De pronto sonó un aullido, y él sonrió, como feliz por lo que acababa de oír.
––Los llaman niños lobo. A él y a sus hermanos––dijo Karix, sin apartar la vista de aquel extraño chaval––Jix, dos cursos superior, asegura que oyó aullidos que provenían de su casa. Muchos creen que son los culpables de todo esto.––su semblante era serio, y sus ojos verdes estaban ahora fijos en la puerta de clase, que continuaba cerrada.
––¡Venga ya!––dijo Lucka, levantándose y poniéndose frente a nosotros, con gesto ofendido––¿pretendéis hacerme creer que una familia despedaza a la gente como si fuesen lobos? ¿Os estáis oyendo? ¡Dejadles en paz! Ya tienen suficiente con ser nuevos, no les compliquéis más su existencia. Aquí no conocen a nadie, así jamás se integraran.––tragó saliva y dio dos pasos hacía atrás, sin creerse que sus dos mejores amigos tratasen así a alguien––cuando os conocí no erais así. Ser populares esta pudriendo vuestro cerebro.––dijo a la vez que se giraba.
Comenzó a andar entre las mesas, en dirección al chico nuevo. Se paró en frente de su mesa y se giró para mirarle, con una dulce sonrisa. Lucka era así, nunca discriminaba a nadie, era lo que hacía que no encajase demasiado con el resto de chicos del equipo de baloncesto, y lo que, en parte, le hacía aún más atractivo.





Guldar

Toda la clase estaba llena de ruido. La gente no dejaba de hablar, mover sillas o mesas, y eso me repateaba, pero lo que más me fastidiaba es que muchos reían. Un profesor había muerto, su tutor había desaparecido y ellos se reían. Cada día comprendía menos a los humanos, eran unos seres tan extraños. Suspiré y miré por la ventana, pues al lluvia me tranquilizaba, pero de pronto un chico se acercó, se puso en frente de mi y me sonrió.
––Hola––me dijo, haciendo un gesto con la mano, sonriendo de nuevo. Su voz era dulce, cosa a lo que no estaba acostumbrado, y le miré con interés. ¿Por qué me hablaba? ¿Había hecho algo para llamar su atención? Estaba solo, sentado y en silencio, y para el colmo, era nuevo y no conocía a nadie, ¿no era eso suficiente indicativo de que no quería que nadie me molestase?––¿tu eres Guldar, el nuevo, no?––dijo, en aquel extraño tono que yo no conocía.
Tragué saliva y miré hacía atrás. Todo el mundo se había callado y nos miraban, como si no entendiesen porqué él me hablaba. Era un sentimiento común, yo tampoco lo sabía. Fruncí el ceño y le miré. ¿A caso es que ese chaval era el único que no había oído todo los rumores que había sobre mi? Iba a gritarle que me dejase en paz, pero entonces recordé las palabras de mi padre: ''no hagas nada que llame la atención, se sociable y hazte amigo de toda la gente que puedas. Lo necesitamos.'', habría sido una tarea muy sencilla, si no hubiese sido por el comportamiento de Wolf el día anterior. Ahora nadie quería acercarse a nosotros... nadie menos ese chico. Era extraño. ¿Por qué me sonreía? ¿Por qué me hablaba? Carraspeé con la garganta y miré de nuevo por la ventana, ignorándole, para ver si se iba.
––Déjale, ¿no ves que no quiere hablarte?––dijo otro chico, un poco más bajito y rubio, que se acercaba a nosotros. Genial, ahora venía más gente. ¿Que demonios querían? ¿No podían dejarme tranquilo de una vez?––o tal vez sea mudo––de pronto todo el mundo se echó a reír, menos el primer muchacho que me había hablado, y encaré una ceja. ¿A él no le hacía gracia que se metiesen conmigo?
––No soy mudo––dije, con mi voz suave y tierna, recostándome en la silla y mirando al chico rubio, que me dirigió una mirada furiosa. Todos se quedaron en silencio, asombrados. Seguro que no se esperaban el sonido de mi voz, que era bien diferente a las de Dark y Wolf, mis hermanos. Mientras que sus voces eran graves y salvajes, la mía era dulce, extraña, mística y misteriosa.––lo que pasa es que no hablo con idiotas que creen que una persona puede devorar a alguien. ¿No se supone que los hombres lobo solo se transforman con luna llena? Que yo sepa eso es la semana que viene.
Todos me miraron con furia y sonreí. Al parecer se esperaban que no supiese nada de los rumores que nos rodeaban a mi familia y a mi, y mucho menos que les contestase de aquella manera, rompiendo sus interesantes teorías de que eramos los culpables de todo lo sucedido.
––Vámonos––dijo el segundo chico, agarrando de la chaqueta al primero, pero éste se zafó de él y se quedó quieto, mirándome aún con aquella... ¿amable?, sonrisa.
––Vete tu––le contestó, cogiendo una silla y sentándose en frente de mi. ¿Que quería? ¿Por qué hacía esto? ¿A caso con mi contestación él no me odiaba, al contrario que los demás? No, no era posible, todos los seres de esa especie eran iguales, pero, ¿y si no? ¿Y si había excepciones? Ladeé la cabeza hacía al derecha y volví a fruncir el ceño, en gesto curioso. Aquel humano levantaba mi interés.––yo me quedo.––El segundo chico asintió con la cabeza y volvió a la parte de atrás, bajo las sonrisas del resto de gente de la clase: algunos le dieron palmadas en las espalda, aprobando su comportamiento.––No le culpes, anoche desaparecieron sus padres, y mataría a cualquiera que pudiese ser el culpable, él no es así. En otras circunstancias te habría tratado mejor, en realidad es buena persona.
––¿Desaparecieron?––dije y el asintió. Me giré hacía aquel niño y tragué saliva, algo preocupado, pero no permití que mi cara reflejase mis sentimientos––¿como se llama?––mi corazón acababa de dar un vuelco.
––Karix––me contestó, y me levanté en dirección al chico, que debía ser el popular de la clase.
––Karix––dije, repitiendo el nombre que el otro chaval me había dicho, y se giró para mirarme, bastante molesto.
––Lucka, ¿por que le has dicho mi nombre a este idiota?––dijo, acercándose y plantándome cara, como si esperase que yo el atacara o algo. ¿De verdad eran todos tan imbéciles, o era solo que él estaba cegado por la ira?
––¿Tus padres han desaparecido?––le pregunté y él dio un paso hacía atrás, con gesto furioso, a la vez que miraba a Lucka. Toda la gente se quedó mirándole, al parecer era un secreto y nadie lo sabía, pero él asintió––están bien, no te preocupes. Esta noche volverán a casa.
––¿Y tu como lo sabes?––dijo la chica que estaba a su lado, dándome un empujón para apartarme de ellos.
––Porque lo se, y punto.––Y me giré en dirección a la puerta, el profesor se levantó para pararme, pero ya había salido de la clase, y eché a correr por el pasillo.

martes, 1 de enero de 2013

Prólogo. El comienzo de la oscuridad

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Prólogo. El comienzo de la oscuridad

Karix

Me levanté a las siete de la mañana, bajo el interminable pitido de mi despertador. Como de costumbre, me estiré, aun tumbado en la cama, y le di un manotazo al maldito reloj que no dejaba de hacer que me retumbasen los oídos, y el sonido cesó. Me incorporé y me senté en el borde de la cama, limpiándome las legañas de los ojos, y miré a la ventana. La persiana estaba completamente cerrada, y las cortinas, de color vino, estaban echadas. Me levanté, puse los pies sobre la suave moqueta de terciopelo que cubría todo mi cuarto y bostecé. Me giré e hice la cama, colocando las suaves sabanas de seda roja y la manta de algodón blanquecina. Me giré y me dirigí a el baño de mi habitación, no sin antes coger el uniforme del Birdget International Collage, el instituto privado al que iba a clase, y me duché a toda velocidad. Cuando terminé, me sequé con la toalla, me puse mi albornoz azul eléctrico y me miré en el espejo. Mi pelo rubio estaba empapado, así que cogí el secador y empecé a peinarme, al cabo de un rato, mi perfecta cresta estaba lista para salir a la luz del día, y mis ojos azules brillaban, al fin despiertos del todo. Abrí la puerta y me dirigí a la ventana, apartando las cortinas y subiendo la persiana. Me quedé inmóvil y en silencio, mirando el oscuro y tétrico paisaje que me esperaba afuera. El sol no estaba por ninguna parte, el cielo estaba cubierto por espesas nubes negras, y la lluvia caía a toda velocidad, haciendo que el agua corriese calle abajo, como si fuese un río. Suspiré, volví a entrar en el baño y me vestí con aquella camisa blanca, pantalones azul oscuro, deportivas negras y la chaqueta negra y azul oscuro.
––¡A desayunar!––sonó de forma potente la voz de mi padre desde el salón, a la vez que yo abría la puerta y salía al pasillo. En mi casa, mi madre se iba a trabajar demasiado temprano, así que era mi padre quien nos preparaba el desayuno a mi hermano mayor, Ádrian, y a mi.
––Vamos, pesado––dijo la voz de mi hermano, detrás de mi, al mismo tiempo que me apartaba, empujándome contra la pared, y corría escaleras abajo. Tenía el pelo rubio ceniza, como yo, pero le llegaba por las orejas, y lo llevaba con un look despeinado, que le costaba medía hora y un cuarto de bote de gomina. Llevaba el mismo uniforme que yo, pero su mochila, a diferencia de la mía, que era gris, era roja. Sus ojos eran verdes, como los de mi madre, mientras que yo había sacado mis ojos azul cristalino de mi abuelo materno.
Tragué saliva, volví a suspirar y bajé a toda velocidad. Llegué a la mesa del comedor en menos de cinco segundos, y me senté en mi sitio de siempre: la esquina derecha de la mesa. En mi plato ya estaban servidas unas tostadas con mucha mantequilla y mermelada de melocotón. A su lado había una manzana pelada, y en el vaso reposaba el zumo de naranja, al lado de otro vaso con leche y cacao en polvo.
––Gracias papa––dije, mientras le daba un mordisco a la primera tostada, y limpiaba con la lengua los bordes de mi boca, que se habían manchado––¿a que hora te vas a trabajar hoy?––le pregunté, después de masticar bien y tragar el trozo.
––Ya mismo––dijo acercándose a la puerta y poniéndose su abrigo marrón de piel falsa. Era bastante más alto que mi hermano y que yo, al menos una cabeza más, y su pelo era rojizo, encajando armónicamente con sus ojos verdes hoja.––portaos bien en clase, ¿vale? Hoy ni vuestra madre ni yo estaremos aquí a la hora de comer, así que preguntadle a vuestros amigos si podéis ir a comer a casa de alguien, si no llamad en el recreo al tío Fairen y os irá a buscar a la salida, en cualquier caso, estaremos en casa a las ocho––se acercó rápidamente y nos dio un beso en la frente a cada uno, después nos sonrió, cogió las llaves de la mesita de al lado de la puerta y salió en dirección al coche. Al cabo de unos segundos oímos como arrancaba y se iba.
––Yo comeré en casa de Anngie––dijo mi hermano, levantándose tras terminar su desayuno, y dejando el plato en la encimera de la cocina––después tenemos que estudiar.
Asentí y me comí el último bocado, a la vez que me bebía lo que me quedaba de leche. Deje el plato, los vasos y los cubiertos en el fregadero, me puse el chubasquero azul, cogí la mochila y los dos salimos de casa, hacía la parada del autobús, que estaba a cinco minutos bajando la calle. Cuando llegué, Lucka ya estaba allí.

Lucka

Acababa de salir de mi casa, terminándome el último cacho de beicon de mi desayuno, cuando vi a Karix bajar la cuesta. Mi casa, al igual que la suya y las del resto de la urbanización, tenía tres pisos, y la fachada era completamente blanca y limpia. Las puertas, eran negras, y el jardín de cada casa estaba en la parte trasera. Estaban cubiertos por vallas de madera pintadas de blanco, y todas las puertas daban a un jardín aun mayor, que estaba junto a una enorme piscina.
––Buenos días––le dije a mi mejor amigo, mientras me ponía la capucha de mi abrigo gris. Los dos llevábamos el mismo uniforme, pero mi pelo era negro y mis ojos verdes con un aro dorado, a demás de que yo le sacaba unos cuatro centímetros de altura, y tenía la espalda y los hombros mas anchos. Los dos estábamos delgados, ya que jugábamos en el equipo de baloncesto del instituto.––¿has dormido bien?
––Si––me sonrió mientras se acercaba corriendo. Miró las nubes y sacudió la cabeza. Parecía extrañado por el tiempo, y era normal, ya que estábamos casi en verano, y en esta época llevaba más de nueve años sin llover de aquella manera. Un trueno rompió el silencio, haciendo que me diese un escalofrío––que día más raro ha salido.
Iba a contestarle cuando, de pronto, desde algún lugar, sonó el aullido de un lobo, y nos giramos a toda velocidad, junto al resto de chicos y chicas que esperaban en la parada con nosotros. Aquello era más raro aún. Estábamos en el centro de una ciudad de mas de diez millones de habitantes y las montañas, bosques y campos más cercanos estaban a noventa y siete kilómetros. Era imposible que allí hubiese lobos. Abrí la boca para decir algo, pero justo el autobús llegó. Subimos y, como siempre, nos sentamos en el asiento de detrás de la puerta trasera.
––Oye––dijo mi amigo, aun mirando por la ventana a la dirección de la que había venido aquel sonido. Sus ojos estaban clavados en el horizonte, con un brillo perturbado––¿me puedo quedar hoy a comer a tu casa? Mis padres no llegan hasta las ocho––estaba evitando el tema de conversación que sabía que los dos queríamos tratar: el día tan extraño que estaba comenzando.
––Claro––le dediqué una sonrisa de felicidad poco convincente, ya que mi corazón estaba encogido de miedo por aquel aullido. Aunque mis padres tenían una casa en el campo e íbamos siempre en vacaciones, nunca había visto ni un lobo ni ningún animal salvaje, pues tenía prohibido ir al bosque, y era comprensible que no me lo permitiesen. Era peligroso.––Ya sabes que en mi casa eres siempre bienvenido. Luego llamo a mi madre.
Él asintió con la cabeza, apartando por fin la mirada y girándose hacía mi, con una sonrisa alegre. Le conocía desde que había nacido, pues nuestros padres habían ido juntos a clase, y eran íntimos amigos: se alegraron mucho cuando nos tuvieron, pues apenas nos llevábamos dos semanas de diferencia de edad. Él era el mayor.
––Ádrian––dijo Karix, girándose para mirar a su hermano, que estaba sentado atrás del todo––me quedo a comer en casa de Lucka.
Se dedicaron una sonrisa y mi amigo volvió a sentarse bien. Al cabo de unos segundos nos quedamos en silencio y miramos los dos por la ventana. Teníamos la vista fija en aquellas nubes oscuras de tormenta. Al cabo de unos minutos bajamos del autobús, y al pisar la acera volvió a sonar, esta vez desde el norte, el aullido de otro lobo. Toda la gente que estaba en la entrada del instituto se quedó en silencio, y al rato empezaron a murmurar cosas.

Meya

Lucka y Karix llegaron a las escaleras diez minutos después de que llegase yo en mi autobús. Estaban mirando hacía el sitio desde el que nos había llegado aquel espeluznante sonido, pálidos como maniquíes de una tienda de ropa. Mis manos estaban temblorosas, y salí corriendo hacía ellos nada más verlos. Me eché rápidamente a los brazos de ellos, con los ojos aún empapados de lágrimas, y ellos soltaron pequeñas exclamaciones de asombro: yo nunca abrazaba a nadie, ni a ellos, que eran mis dos mejores amigos, ni a las chicas del coro del instituto, que eran de las personas que más adoraba en el mundo.
––¿Meya?––dijo Lucka, apartando mi pelo castaño de mi cara y mirándome a los ojos, que eran marrones con un aro dorado rodeando la pupila.––¿Estas bien?––Los dos tenían una cara de asombro increíble. Les conocía desde que teníamos cuatro años, y yo jamás me había comportado así, pero esta vez tenía motivos, así que negué con la cabeza.
––¿No habéis oído los aullidos?––mi suave y dulce voz temblaba. Me costaba encontrar las palabras para expresarme, y tenía que esforzarme mucho para romper el nudo que había en mi garganta. Lo que había visto aquella mañana era aterrador.
––¿Tienes miedo de unos aullidos?––dijo Karix, soltando una estruendosa carcajada, como si no acabase de creérselo––¿la inasustable Meya tiene miedo de unos simples aullidos?––su voz sonaba mucho más segura de lo que él realmente debía de estar, pues sus piernas estaban temblando y su sonrisa de burla no encajaba con el brillo intranquilo de sus ojos––¡pero si tu hermano cría tigres en África!
Le miré con furia y le di un empujón. Él tenía un gran sentido del humor, siempre sonreía y hacía reír a cualquiera en los momentos más duros, pero a veces era un creído, y se pasaba de la raya con sus estúpidas bromas. En momentos como aquel, si no fuese porque era el capitán del equipo de baloncesto, la mayoría de la gente del instituto no se dignaría ni a hablarle.
––¡No es por los aullidos, estúpido!––grité con rabia. Empecé a respirar profundamente para tranquilizarme, les cogí de la mano y les llevé al patio de atrás donde no había nadie. Tragué saliva y me giré hacía ellos––esta mañana a aparecido el profesor Darik medio devorado en la calle, en frente de mi casa. Dicen que han debido ser unos lobos enormes, por los aullidos que llevan escuchándose desde esta madrugada por la ciudad.
––¡¿Darik?!––gritaron los dos a la vez, y les tapé la boca de inmediato. La policía nos había dicho a todos los que lo habíamos visto que no debíamos decir nada, porque si no cundiría el pánico en la ciudad, pero ellos eran como mi familia, aunque pocas veces les demostrase el aprecio que les tenía, y debía advertirles del peligro.
––La policía nos ha dicho que no abramos la boca, so idiotas, por eso os he traído hasta aquí. No le digáis nada a nadie, ni a vuestros padres. Si se enteran avisaran a más gente, y la policía sabría que he sido yo, y sabéis que el Agente Parsso no es muy amigable que se diga, y es el quien crea las normas.
Ambos asintieron y se quedaron en silencio, mirando el suelo. De pronto nos empezamos a sentir incómodos, y nos giramos hacía el otro lado del patio, desde el que nos observaba un joven, un poco más alto que Lucka, con unos ojos grises y fríos, y una sonrisa casi diabólica.
––¿Quien es ese?––preguntó Lucka, dando un paso hacía atrás. La mirada del chaval era tétrica, y nos entraban ganas de gritar y salir corriendo.
––Se acaban de mudar a enfrente de mi casa––dije, tragando saliva––ese es el hermano mayor de los tres hijos que tienen la familia. Tiene diecisiete. El pequeño, de catorce años, va un curso adelantado, y va a venir a nuestra clase. Se llama Guldar.

Guldar

Llegamos a aquella ciudad a eso de las dos de la mañana, y aparcamos en la casa en la que íbamos a vivir a las dos y media. El tráfico para atravesar la enorme metrópoli había sido tediante. Un atasco monumental.
––¿Por que tenemos que venir a vivir aquí?––preguntó Wolf, uno de mis dos hermanos, y el mas mayor de los tres. Su pelo blanco se movía con el viento, que no dejaba de cesar, por culpa de aquella tormenta. Sus ojos grises estaban clavados en una ventana del tercer piso de la casa que estaba al otro lado de la calle––estábamos bien en la casa del bosque.
––Sabes porqué hemos venido, cariño––dijo mi madre, apartándose uno de sus mechones rojos de la cara y poniendo la mano derecha sobre el hombro de mi hermano, que le sacaba dos cabezas––ya veras como en unos días te acostumbras.
––¿Por que tenemos que ir a clase?––pregunté, mientras pasaba por la puerta que había abierto mi padre, cargando con mis dos maletas y mi mochila––las materias que dan son aburridas, encima a un colegio de pijos––refunfuñé, mientras subía las escaleras.
––Para no llamar la atención––dijo la voz grave de mi padre, provista con un tono amenazador y salvaje al que yo ya me había acostumbrado.––sería raro que nos mudásemos a un barrio rico y nuestros tres hijos no fuesen al mejor colegio del lugar. La gente no confiaría en nosotros, y es lo último que necesitamos.
Tragué saliva y terminé de subir al tercer piso, donde me esperaba mi habitación, de paredes blancas, moqueta, sabanas, manta, cortinas y muebles negros, desprovista de decoración en las paredes, y de objetos personales. Abrí la maleta y empecé a sacar mis cosas. Llené el armario con mi ropa: toda negra o blanca, exceptuando el horripilante uniforme de la escuela. Me subí a una silla y empecé a colgar los posters de lobos blancos, lobos huargos y hombres lobo que me acompañaban allá donde fuese. Puse en el baño mis botes de colonia, champú y gel de ducha, a demás de las esponjas, y cuando terminé de colocarlo todo, volví a bajar al coche. Abrí el maletero, y el gruñido de Dante me saludó. Cogí al pequeño cachorro de lobo, que tenía un color negro con mechones rojizos, y entre en la casa a toda velocidad. Le dejé en el suelo de mi cuarto, al lado de la pequeña manta que le había puesto para que durmiese: la cría apenas era mas grande que mi antebrazo, y aun no tenía ni colmillos. Era un recién nacido.
––El día que traigas amigos a casa y vean a ese bicho, te meterán en la cárcel––dijo Dark a mis espaldas, que era el hermano mediano. Su pelo y sus ojos eran igual que los de Wolf, pero su cara era mas redondeada, y era más bajito que yo: había salido a mi madre.
––Es solo un cachorro––le contesté, apartándome mi flequillo negro y rubio de los ojos, con un leve movimiento de cabeza.––y mamá me ha dejado tenerlo. Lo voy a educar como papá me enseñó, y jamás hará daño a nadie.
––Es un cachorro ahora––dijo entrando en mi cuarto, agarrándome de la camisa y poniéndome en pie. Me miró con aquel brillo amenazador en sus ojos y me empujó contra la pared, cogiéndome del cuello––pero sabes que cuando sea adulto medirá más de cuatro metros. Sera dos o tres veces más grande que un caballo, y los Lobos Pardos del Norte, no tienen mucha fama de buenos, a demás de que puede que la familia a la que se lo robaste venga a buscarlo, y entonces si que estarás en un lío––dijo todas aquellas palabras con furia, reprochándome lo que había echo con mi padre tres noches atrás, cuando nos habíamos internado en el bosque para buscar a mi primer Lobezno.
––A ti lo que te pasa es que tienes envidia de haber salido a la familia de mamá, y no a la de papá––dije empujándole y poniéndome recto. Casi le sacaba una cabeza, a pesar de que él era un año y medio mayor––tendrás que conformarte con ser un Protector, y no un Guerrero Cazador––estaba furioso con él. Siempre había tenido envidia de Wolf y de mi, pues habíamos salido a la invencible y fuerte familia de mi padre, y no a la escuálida y mágica familia de mi madre, como él. Habíamos tenido peleas de aquellas dese que mi hermano mayor había tenido a su primera Criatura, y a mi padre siempre le hacía gracia aquello. Para un hombre era un deshonor salir Protector en vez de Guerrero Cazador en nuestras tierras, al igual que para las mujeres. El trabajo de los Protectores era tedioso, aburrido e irritante, o al menos de eso se quejaban siempre mamá y el abuelo Cheren.
Él abrió la boca para reprochar algo, pero de pronto un aullido rompió en la noche, junto al primer trueno de la tormenta. La lluvia empezó a caer, y la oscuridad se cernió por completo en la ciudad. Bajé rápidamente las escaleras, y fui al salón, donde Wolf y mi padre miraban por la ventana. Ambos se giraron hacía mi, y los tres sonreímos, divertidos por aquella situación. Empezaba nuestro legado en aquella ciudad.

Eran las siete y media de la mañana cuando me levanté. Me duché a toda velocidad, me puse el asqueroso uniforme y le di a Dante su desayuno: un chuletón crudo bien grande. Bajé rápidamente al comedor, y cogí un melocotón del frutero. Agarré la mochila y fui hacía la puerta, donde mis dos hermanos me esperaban. Salimos a la calle, y nos encontramos con un gran grupo de gente que rodeaba la acera de enfrente. Nos acercamos a toda velocidad, y una sirena, procedente de un coche de policía que bajaba la calle rompió los murmullos: tirado en el suelo había un hombre, o lo que quedaba de él, pues la mayoría de su carne había sido devorada por unas grandes mandíbulas que en mi familia conocíamos muy bien. Wolf y yo nos aguantamos al risa, nos giramos, y nos metimos en el coche de mi padre, que iba a ser el encargado de llevarnos todos los días al colegio.

¿Te atreves a entrar?

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  Algo oscuro se cierne sobre la ciudad de Yidhset, el lugar más tranquilo de todo el continente de Hard. Las noches empiezan a ser más largas, durante el día la luz del sol es tapada por las nubes, que no dejan de descargar horrendas tormentas. Se oyen aullidos a lo lejos, los murciélagos, insectos y animales han desaparecido, solo han aguantando los perros, que corean los aullidos y lloran por las noches. ¿Que esta sucediendo? Eso es lo que se preguntan Karix, Meya y Lucka, tres jóvenes de quince años que viven en el barrio rico. Pronto conoceran a Guldar, un muchacho de catorce años que es diferente y extraño, que les enseñara porqué no deben menospreciar la oscuridad. ¿Vas a abandonar, al igual que los bichos o los animales, o te vas a adentrar a descubrir esta terrible e inhóspita historia en la que nunca verás la luz del día?

Furius Night. Una historia de miedo, lujuria y descontrol.