Capitulo
1. Niños lobo.
Karix
Unos ojos rojos me miran desde el otro lado de la
calle. Sus enormes mandíbulas están provistas de gigantescos
dientes, más grandes que mis dedos, y me mira con aspecto feroz. El
silencio reina, no se oye ni un murciélago revolotear, ni siquiera
las pequeñas y finas alitas de los insectos. De pronto, él gruñe y
aúlla, y a lo lejos, tres bestias más corean aquel tétrico sonido,
que impregna todo el ambiente. Vuelve a reinar el silencio, pero para
mi, esta vez, es interrumpido por el latido de mi corazón, que va a
mil por hora, y se que el puede oler mi miedo, por eso se relame,
cerrando la boca. Noto como se me revuelve el estomago, seguido por
arcadas y ganas de vomitar. Empiezo a dar pasos hacía atrás, y la
criatura, sabiendo que voy a huir, dobla sus patas delanteras y me
enseña sus enormes colmillos, junto a un gruñido. Intento girarme
para salir corriendo, pero mi cuerpo no responde, estoy paralizado
por el miedo, y cuando consigo volver a moverme, ya es demasiado
tarde. La criatura salta, intento echarme hacía atrás pero caigo al
suelo, y el enorme bicho aterriza justo delante de mi, con su enorme
boca a escasos centímetros de mi cara. Huelo su aliento, putrefacto,
y veo entre sus dientes los restos de carne cruda. Levanto la cabeza,
y veo esos enormes ojos, propios de una bestia de cuatro metros,
clavarse en mi, como si se burlase, antes de abrir su boca para
devorarme, y grito con todas mis fuerzas.
––¡¡Noooo!!––chillé, levantando un
brazo y abriendo los ojos de golpe. Me incorporé en la cama y miré
a mi al rededor: ni rastro de la bestia. Estaba en mi habitación,
con todo el cuerpo empapado en sudor, y con el corazón a punto de
salirseme del pecho. Me levanté y entré en el baño, sin dignarme a
mirar la hora. Me di una ducha fría de unos quince minutos, para
despejarme y tranquilizarme, y cuando lo conseguí, salí, me puse el
albornoz y subí las persianas. Afuera seguía haciendo un día de
perros, con aquella tormenta que llevaba ya un día entero sin
dejarnos ver el sol. Abrí la ventana y deje que el aire me diese en
la cara.––Su madre..––susurré, aun un poco perturbado por la
pesadilla que acababa de vivir. Llevaba años sin tener malos sueños.
Me calcé las zapatillas y bajé al salón, mientras me
ataba bien fuerte el albornoz, para no helarme de frío. Me senté en
el sofá, encendí la televisión y bajé un poco el volumen, para no
despertar a nadie de mi casa. Suspiré y me recosté, acurrucándome
como cuando era pequeño y no lograba dormir. Bostecé y miré la
hora. Ya casi eran las siete, y oí como alguien bajaba las
escaleras: debía de ser mi padre, pues mi madre se había marchado
hacía media hora.
––¿No puedes dormir?––me sorprendió la voz de
mi hermano desde el último escalón. Me giré y le dediqué una
pequeña sonrisa. Él tenía el pelo despeinado, y aún llevaba el
pijama puesto: no debía de haberse duchado aun.
––He tenido una pesadilla––le aclaré,
levantándome y dirigiéndome hacía él, que me abrazó en cuanto me
tuvo a su alcance––creo que ha sido culpa de los aullidos de los
lobos.
––No pasa nada––dijo, estrechándome aún más
fuerte entre sus brazos, y acariciándome el pelo con ternura––a
vece se me olvida que todavía eres un enano de quince años––añadió,
con una voz dulce y tierna, que solo recordaba que hubiese utilizado
conmigo cuando tenía menos de diez años. Desde que yo había
entrado al instituto, él había dejado de cuidarme, por así
decirlo. Siempre decía que tenía que ser fuerte y valerme por mi
mismo, pero en el fondo sabía que me quería––y tranquilo, no le
diré nada a tus amigos. No sabrán que el gran capitán del equipo
de baloncesto tiene aun pesadillas que le hacen llorar.
Le di un empujón y me aparte de él, con un gesto
brusco. Ádrian me sacaba cinco años, y este era su último curso en
nuestra escuela, el año que viene empezaría la universidad, y se
iría a vivir a la otra punta de la ciudad. El estar a punto de
cumplir la mayoría de edad le volvía un idiota, y se creía que
cualquiera, aunque tuviese solo un año menos, era aun un niño
pequeño.
––¿Donde está papá?––pregunté, mirando
hacía las escaleras. Normalmente él se levantaba diez o veinte
minutos antes que nosotros para prepararnos el desayuno, y el reloj
de la cocina acababa de marcar las siete, la hora a la que nosotros
nos levantábamos––aún no se a despertado.
––¿En serio?––dijo él, frunciendo el ceño y
mirando hacía la cocina, que estaba oscura y en silencio. Se giro y
subió las escaleras, mientras yo le seguía. Nos dirigimos a la
habitación de nuestros padres y abrimos la puerta. Los dos nos
quedamos quietos: la cama estaba hecha, y no había ningún indicio
de que nadie hubiese dormido allí––¿Papá?––preguntó
Ádrian, y se acerco a la ventana.––Están los dos coches.
––¿Que?––Me acerqué y me puse a su lado.
Abajo, en frente del garaje, estaba la furgoneta negra de mi padre y
el pequeño coche rojo de mi madre. Empecé a andar hacía atrás,
asustado. Choqué contra una de las mesas, la lámpara se cayó al
suelo y la bombilla se hizo pedazos. Los dos nos giramos a toda
velocidad, y salimos corriendo escaleras abajo.––¡Papá!,
¡mamá!––grité mientras recorríamos todas las estancias de la
casa, hasta que finalmente salimos al jardín.
La lluvia seguía cayendo a toda velocidad, y el cielo
se iluminaba por los incesantes relámpagos y rayos. El silencio era
algo desconocido, pues los truenos no dejaban de resonar por todo el
cielo. Recorrimos todo el césped, hasta llegar a la puerta blanca
que daba al jardín común de la urbanización y a la enorme piscina,
pero no había ni rastro de nuestros padres.
––No están––dijo Ádrian, con un pequeño
hilillo de voz. Nuestros ojos estaban húmedos, y nuestros corazones
estaban encogidos en un puño. De pronto, un lobo aulló, con un
extraño tono, como si nos contestase dónde estaban nuestros
padres––¿Volvieron ayer a casa?––dijo, girándose a toda
velocidad hacía mi. Yo ya estaba llorando.
––Cuando yo llegué a las nueve––miré al
suelo, y tragué saliva––ellos se iban a dar un paseo al centro
comercial. Tu ya estabas dormido, y me dijeron que me fuese a
acostar.––los dos volvimos corriendo a la casa, ignorando que
estuviésemos empapados, y él sacó de su mochila el móvil. Marcó
el numero de la policía, y yo subí a vestirme. Me puse el uniforme
a toda velocidad, y bajé corriendo, mientras el hablaba con un
agente––¡Voy a casa de Lucka!
––¡Espera!––gritó él, soltando el teléfono
y agarrándome del brazo––ten cuidado, por dios––dijo,
abrazándome con fuerza y dándome un beso en la coronilla.––en
cuanto venga le policía nos pondremos a buscarles, ¿vale? Ve a
clase, y no te preocupes, seguro que no les a pasado nada.
Asentí, cogí la mochila y salí corriendo calle
abajo. Al cabo de dos minutos llegué a casa de Lucka, y llamé al
timbre cuatro veces seguidas, al cabo de unos segundos, su madre me
abrió la puerta, me invitó a entrar y me senté en una silla de la
mesa de la cocina.
––¡Lucka!––le llamó ella desde el primer
escalón de la escalera––Karix está aquí, ¡baja ya!––y se
giró hacía mi, con una sonrisa. Se acercó y me sirvió un vaso de
leche, suponiendo que no había desayunado, pues apenas eran las
siete y veinte de la mañana.
Lucka
Bajé corriendo, aún con mi pijama verde puesto, en
cuanto mi madre me llamó a gritos para avisarme de que mi mejor
amigo había venido. Cuando llegué a la puerta de la cocina se me
quitó la sonrisa, al ver que el tenía los ojos rojos, fruto de
haber llorado, y tenía cara triste. Me acerqué a él rápidamente,
le abracé y me senté a su lado.
––¿Que pasa, tío? ¿Estas bien? ¿Que haces aquí
tan temprano? ¿Ha pasado algo?––el corazón me latía a toda
velocidad, y el soltó una pequeña risa histérica, que me hizo
saber que había hecho demasiadas preguntas a la vez. Tragué saliva
y suspiré––perdón, es que... bueno, ¿que pasa?––y me contó
lo que había sucedido, que sus padres habían desaparecido, que no
daban señales de vida y no cogían el móvil––dios... joder, lo
siento, lo siento––le contesté, mientras le abrazaba, con el
corazón encogido y un nudo en la garganta––no se que decir,
dios, lo siento. Haré lo que sea, ¿habéis llamado a la policía?
––Si––dijo, a la vez que asentía levemente y
miraba por la ventana. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y mi madre
trajo una manta, que le echó por los hombros––mi hermano dice
que no me preocupe y que vaya a clase.
Al cabo de un rato, mi madre nos sirvió el desayuno,
pero ninguno de los dos probó bocado. Teníamos el estomago
revuelto, no era el mejor momento para comer, pero aun así se lo
agradecimos. Subimos a mi habitación, y él se quedó sentado en la
cama, abrazando un cojín mientras yo me duchaba y me ponía el
uniforme. A eso de las ocho menos diez salimos de mi casa, y cogimos
el autobús para ir al instituto.
––¿Y Ádri?––le preguntó Mike a Karix: era el
mejor amigo de su hermano, y era normal que le extrañase que no
hubiese subido al autobús. Miré a mi al rededor y vi que casi todo
el autobús nos miraba. Debían de haberse enterado de que habían
llamado a la policía.
––Hemos tenido un problema en casa––contestó
mi amigo, carraspeando y mirando a otro lado––hoy no irá a
clase, mañana... tal vez, no se––suspiró, agachó la cabeza y
se quedó en silencio, lo que hizo que Mike se fuese a su asiento de
atrás, y el resto de gente empezase a murmurar cosas. En ese momento
los dos odiamos que fuésemos los populares del instituto. La gente
empezaría a soltar rumores, y eso solo haría más daño a mi mejor
amigo.
Cuando llegamos, bajamos del autobús a toda velocidad,
y nos quedamos un rato parados en la acera, mirando a la fachada de
la escuela, que era enorme, de piedra gris y tejados negros. Era un
edificio de mas de trescientos años, provisto de dos torres
laterales y seis pisos en el pabellón central. Detrás, estaba el
patio, y al final del todo, un edificio moderno que utilizábamos
como gimnasio. Al igual que el día anterior, la lluvia no dejaba de
caer, y la gris tormenta que nos cubría le daba un aspecto tétrico
al lugar: parecía la mansión de una película de terror. Después
de unos minutos, nos adentramos en las enormes verjas negras que
cubrían el recinto, y fuimos en busca de Maya, pero no la
encontramos por ningún lado, así que supusimos que estaría con la
gente del coro, y entramos en el centro, para resguardarnos del agua,
aunque en aquel momento nos importaba bien poco mojarnos, queríamos
escapar de aquellos aullidos que se oían cada vez más cerca y más
fuerte. Cuando sonó el timbre, nos dirigimos al aula trece, que era
donde dábamos las clases generales, pues nos tocaba clase de
historia. Nos sentamos en nuestro pupitre, que estaba en segunda
fila, al lado de las ventanas. Al cabo de unos segundos, todo el
mundo comenzó a entrar, y se sentaron en sus asientos: delante de
nosotros estaban Maya, que nos saludó con entusiasmo, y Guldar, el
niño nuevo.
––¿Donde estabas?––le pregunté a nuestra
amiga, que me miró frunciendo el ceño: no le hacía mucha gracia mi
tono brusco––te hemos estado buscando.
––Estaba con los del coro, ¿que pasa?––preguntó,
girándose y acercándose a nosotros. Karix y yo le contamos en
susurros lo que había pasado, y ella se quedó pálida. Iba a
contestar, pero el director entró a toda prisa, con evidente
nerviosismo, pues le sudaba la frente.
––Em... chicos, vuestro profesor y tutor, el señor
Henrris, no ha asistido hoy al centro... y, em bueno... su casa ha
sido... destrozada. No sabemos donde está, la policía está
buscándolo––hizo una pausa, y todo el mundo empezó a hablar, a
gritar, y los más sensibles a llorar: Henrris era nuestro tutor
desde que teníamos nueve años. Era un hombre alegre, divertido, y
conseguía que todos sus alumnos terminasen adorando la historia, y
por consecuencia, aprobando su asignatura. Llevaba quince años sin
tener que poner ni un solo suspenso. Era el mejor profesor del
centro––hoy, se suspenden las clases, pero por recomendación de
la policía, debéis quedaros todos en el centro, hasta que vuestros
padres puedan venir a buscaros.
Todo el mundo comenzó a protestar, y el director salió
de la sala a toda velocidad, cerrando la puerta detrás de si. Al
cabo de un rato, el profesor de filosofía, que iba a ser el
encargado de vigilar que nadie saliese, entró en la sala, y se puso
a hablar con los demás alumnos. Maya, Karix y yo nos fuimos atrás
del todo, y nos sentamos en el radiador, que estaba apagado.
Maya
––¿Habéis visto?––dije, señalando con la
barbilla al niño nuevo, que estaba apoyado en la mesa, con la cabeza
recostada entre sus brazos––está impasible, como si todo esto le
diese completamente igual.
––Bueno––dijo Lucka, mirándome––es un poco
normal, llegaron ayer, tampoco es que conozcan a ninguno de los
desaparecidos.
––Ya, bueno, ¿y no te parece raro? Justo llegan y
empieza todo esto––mi voz sonó muy intranquila, y Karix me miró,
apartando al fin su mirada de vete tu a saber donde. No había dicho
nada desde que nos habían dicho lo de nuestro tutor, hacía ya una
hora.
––Creo que estas sacando todo de contexto––me
dijo en una voz monótona, desprovista de sentimiento alguno––es
una coincidencia, ya está.
Me quedé mirando al suelo, pensando como decir lo que
estaba pensando, para que sonase como yo lo había entendido cuando
me lo habían contado, y que no pudiesen interpretarlo de ninguna
otra manera.
––¿Sabes lo que hizo su hermano mayor cuando se
enteró de la primera desaparición?––añadí, y los dos me
miraron, sin comprender a que me refería––se descojonó de risa
en mitad de clase––susurré, para evitar que Guldar no me oyese,
y pareció funcionar, porque no se movió––¿Y su nombre, que?
¡Se llama Wolf! Significa lobo en ingles, un idioma de hace mas de
quinientos años.
Lucka y Karix se miraron y se incorporaron. Atravesaron
la sala con la vista, en busca del chico nuevo, que había cambiado
de posición y miraba a la ventana. De pronto sonó un aullido, y él
sonrió, como feliz por lo que acababa de oír.
––Los llaman niños lobo. A él y a sus
hermanos––dijo Karix, sin apartar la vista de aquel extraño
chaval––Jix, dos cursos superior, asegura que oyó aullidos que
provenían de su casa. Muchos creen que son los culpables de todo
esto.––su semblante era serio, y sus ojos verdes estaban ahora
fijos en la puerta de clase, que continuaba cerrada.
––¡Venga ya!––dijo Lucka, levantándose y
poniéndose frente a nosotros, con gesto ofendido––¿pretendéis
hacerme creer que una familia despedaza a la gente como si fuesen
lobos? ¿Os estáis oyendo? ¡Dejadles en paz! Ya tienen suficiente
con ser nuevos, no les compliquéis más su existencia. Aquí no
conocen a nadie, así jamás se integraran.––tragó saliva y dio
dos pasos hacía atrás, sin creerse que sus dos mejores amigos
tratasen así a alguien––cuando os conocí no erais así. Ser
populares esta pudriendo vuestro cerebro.––dijo a la vez que se
giraba.
Comenzó a andar entre las mesas, en dirección al
chico nuevo. Se paró en frente de su mesa y se giró para mirarle,
con una dulce sonrisa. Lucka era así, nunca discriminaba a nadie,
era lo que hacía que no encajase demasiado con el resto de chicos
del equipo de baloncesto, y lo que, en parte, le hacía aún más
atractivo.
Guldar
Toda la clase estaba llena de ruido. La gente no dejaba
de hablar, mover sillas o mesas, y eso me repateaba, pero lo que más
me fastidiaba es que muchos reían. Un profesor había muerto, su
tutor había desaparecido y ellos se reían. Cada día comprendía
menos a los humanos, eran unos seres tan extraños. Suspiré y miré
por la ventana, pues al lluvia me tranquilizaba, pero de pronto un
chico se acercó, se puso en frente de mi y me sonrió.
––Hola––me dijo, haciendo un gesto con la mano,
sonriendo de nuevo. Su voz era dulce, cosa a lo que no estaba
acostumbrado, y le miré con interés. ¿Por qué me hablaba? ¿Había
hecho algo para llamar su atención? Estaba solo, sentado y en
silencio, y para el colmo, era nuevo y no conocía a nadie, ¿no era
eso suficiente indicativo de que no quería que nadie me
molestase?––¿tu eres Guldar, el nuevo, no?––dijo, en aquel
extraño tono que yo no conocía.
Tragué saliva y miré hacía atrás. Todo el mundo se
había callado y nos miraban, como si no entendiesen porqué él me
hablaba. Era un sentimiento común, yo tampoco lo sabía. Fruncí el
ceño y le miré. ¿A caso es que ese chaval era el único que no
había oído todo los rumores que había sobre mi? Iba a gritarle que
me dejase en paz, pero entonces recordé las palabras de mi padre:
''no hagas nada que llame la atención, se sociable y hazte amigo
de toda la gente que puedas. Lo necesitamos.'', habría sido una
tarea muy sencilla, si no hubiese sido por el comportamiento de Wolf
el día anterior. Ahora nadie quería acercarse a nosotros... nadie
menos ese chico. Era extraño. ¿Por qué me sonreía? ¿Por qué me
hablaba? Carraspeé con la garganta y miré de nuevo por la ventana,
ignorándole, para ver si se iba.
––Déjale, ¿no ves que no quiere hablarte?––dijo
otro chico, un poco más bajito y rubio, que se acercaba a nosotros.
Genial, ahora venía más gente. ¿Que demonios querían? ¿No podían
dejarme tranquilo de una vez?––o tal vez sea mudo––de pronto
todo el mundo se echó a reír, menos el primer muchacho que me había
hablado, y encaré una ceja. ¿A él no le hacía gracia que se
metiesen conmigo?
––No soy mudo––dije, con mi voz suave y tierna,
recostándome en la silla y mirando al chico rubio, que me dirigió
una mirada furiosa. Todos se quedaron en silencio, asombrados. Seguro
que no se esperaban el sonido de mi voz, que era bien diferente a las
de Dark y Wolf, mis hermanos. Mientras que sus voces eran graves y
salvajes, la mía era dulce, extraña, mística y misteriosa.––lo
que pasa es que no hablo con idiotas que creen que una persona puede
devorar a alguien. ¿No se supone que los hombres lobo solo se
transforman con luna llena? Que yo sepa eso es la semana que viene.
Todos me miraron con furia y sonreí. Al parecer se
esperaban que no supiese nada de los rumores que nos rodeaban a mi
familia y a mi, y mucho menos que les contestase de aquella manera,
rompiendo sus interesantes teorías de que eramos los
culpables de todo lo sucedido.
––Vámonos––dijo el segundo chico, agarrando de
la chaqueta al primero, pero éste se zafó de él y se quedó
quieto, mirándome aún con aquella... ¿amable?, sonrisa.
––Vete tu––le contestó, cogiendo una silla y
sentándose en frente de mi. ¿Que quería? ¿Por qué hacía esto?
¿A caso con mi contestación él no me odiaba, al contrario que los
demás? No, no era posible, todos los seres de esa especie eran
iguales, pero, ¿y si no? ¿Y si había excepciones? Ladeé la cabeza
hacía al derecha y volví a fruncir el ceño, en gesto curioso.
Aquel humano levantaba mi interés.––yo me quedo.––El segundo
chico asintió con la cabeza y volvió a la parte de atrás, bajo las
sonrisas del resto de gente de la clase: algunos le dieron palmadas
en las espalda, aprobando su comportamiento.––No le culpes,
anoche desaparecieron sus padres, y mataría a cualquiera que pudiese
ser el culpable, él no es así. En otras circunstancias te habría
tratado mejor, en realidad es buena persona.
––¿Desaparecieron?––dije y el asintió. Me
giré hacía aquel niño y tragué saliva, algo preocupado, pero no
permití que mi cara reflejase mis sentimientos––¿como se
llama?––mi corazón acababa de dar un vuelco.
––Karix––me contestó, y me levanté en
dirección al chico, que debía ser el popular de la clase.
––Karix––dije, repitiendo el nombre que el otro
chaval me había dicho, y se giró para mirarme, bastante molesto.
––Lucka, ¿por que le has dicho mi nombre a este
idiota?––dijo, acercándose y plantándome cara, como si esperase
que yo el atacara o algo. ¿De verdad eran todos tan imbéciles, o
era solo que él estaba cegado por la ira?
––¿Tus padres han desaparecido?––le pregunté
y él dio un paso hacía atrás, con gesto furioso, a la vez que
miraba a Lucka. Toda la gente se quedó mirándole, al parecer era un
secreto y nadie lo sabía, pero él asintió––están bien, no te
preocupes. Esta noche volverán a casa.
––¿Y tu como lo sabes?––dijo la chica que
estaba a su lado, dándome un empujón para apartarme de ellos.
––Porque lo se, y punto.––Y me giré en
dirección a la puerta, el profesor se levantó para pararme, pero ya
había salido de la clase, y eché a correr por el pasillo.
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