miércoles, 2 de enero de 2013

Capitulo 1. Niños lobo.

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Capitulo 1. Niños lobo.

Karix

Unos ojos rojos me miran desde el otro lado de la calle. Sus enormes mandíbulas están provistas de gigantescos dientes, más grandes que mis dedos, y me mira con aspecto feroz. El silencio reina, no se oye ni un murciélago revolotear, ni siquiera las pequeñas y finas alitas de los insectos. De pronto, él gruñe y aúlla, y a lo lejos, tres bestias más corean aquel tétrico sonido, que impregna todo el ambiente. Vuelve a reinar el silencio, pero para mi, esta vez, es interrumpido por el latido de mi corazón, que va a mil por hora, y se que el puede oler mi miedo, por eso se relame, cerrando la boca. Noto como se me revuelve el estomago, seguido por arcadas y ganas de vomitar. Empiezo a dar pasos hacía atrás, y la criatura, sabiendo que voy a huir, dobla sus patas delanteras y me enseña sus enormes colmillos, junto a un gruñido. Intento girarme para salir corriendo, pero mi cuerpo no responde, estoy paralizado por el miedo, y cuando consigo volver a moverme, ya es demasiado tarde. La criatura salta, intento echarme hacía atrás pero caigo al suelo, y el enorme bicho aterriza justo delante de mi, con su enorme boca a escasos centímetros de mi cara. Huelo su aliento, putrefacto, y veo entre sus dientes los restos de carne cruda. Levanto la cabeza, y veo esos enormes ojos, propios de una bestia de cuatro metros, clavarse en mi, como si se burlase, antes de abrir su boca para devorarme, y grito con todas mis fuerzas.
––¡¡Noooo!!––chillé, levantando un brazo y abriendo los ojos de golpe. Me incorporé en la cama y miré a mi al rededor: ni rastro de la bestia. Estaba en mi habitación, con todo el cuerpo empapado en sudor, y con el corazón a punto de salirseme del pecho. Me levanté y entré en el baño, sin dignarme a mirar la hora. Me di una ducha fría de unos quince minutos, para despejarme y tranquilizarme, y cuando lo conseguí, salí, me puse el albornoz y subí las persianas. Afuera seguía haciendo un día de perros, con aquella tormenta que llevaba ya un día entero sin dejarnos ver el sol. Abrí la ventana y deje que el aire me diese en la cara.––Su madre..––susurré, aun un poco perturbado por la pesadilla que acababa de vivir. Llevaba años sin tener malos sueños.
Me calcé las zapatillas y bajé al salón, mientras me ataba bien fuerte el albornoz, para no helarme de frío. Me senté en el sofá, encendí la televisión y bajé un poco el volumen, para no despertar a nadie de mi casa. Suspiré y me recosté, acurrucándome como cuando era pequeño y no lograba dormir. Bostecé y miré la hora. Ya casi eran las siete, y oí como alguien bajaba las escaleras: debía de ser mi padre, pues mi madre se había marchado hacía media hora.
––¿No puedes dormir?––me sorprendió la voz de mi hermano desde el último escalón. Me giré y le dediqué una pequeña sonrisa. Él tenía el pelo despeinado, y aún llevaba el pijama puesto: no debía de haberse duchado aun.
––He tenido una pesadilla––le aclaré, levantándome y dirigiéndome hacía él, que me abrazó en cuanto me tuvo a su alcance––creo que ha sido culpa de los aullidos de los lobos.
––No pasa nada––dijo, estrechándome aún más fuerte entre sus brazos, y acariciándome el pelo con ternura––a vece se me olvida que todavía eres un enano de quince años––añadió, con una voz dulce y tierna, que solo recordaba que hubiese utilizado conmigo cuando tenía menos de diez años. Desde que yo había entrado al instituto, él había dejado de cuidarme, por así decirlo. Siempre decía que tenía que ser fuerte y valerme por mi mismo, pero en el fondo sabía que me quería––y tranquilo, no le diré nada a tus amigos. No sabrán que el gran capitán del equipo de baloncesto tiene aun pesadillas que le hacen llorar.
Le di un empujón y me aparte de él, con un gesto brusco. Ádrian me sacaba cinco años, y este era su último curso en nuestra escuela, el año que viene empezaría la universidad, y se iría a vivir a la otra punta de la ciudad. El estar a punto de cumplir la mayoría de edad le volvía un idiota, y se creía que cualquiera, aunque tuviese solo un año menos, era aun un niño pequeño.
––¿Donde está papá?––pregunté, mirando hacía las escaleras. Normalmente él se levantaba diez o veinte minutos antes que nosotros para prepararnos el desayuno, y el reloj de la cocina acababa de marcar las siete, la hora a la que nosotros nos levantábamos––aún no se a despertado.
––¿En serio?––dijo él, frunciendo el ceño y mirando hacía la cocina, que estaba oscura y en silencio. Se giro y subió las escaleras, mientras yo le seguía. Nos dirigimos a la habitación de nuestros padres y abrimos la puerta. Los dos nos quedamos quietos: la cama estaba hecha, y no había ningún indicio de que nadie hubiese dormido allí––¿Papá?––preguntó Ádrian, y se acerco a la ventana.––Están los dos coches.
––¿Que?––Me acerqué y me puse a su lado. Abajo, en frente del garaje, estaba la furgoneta negra de mi padre y el pequeño coche rojo de mi madre. Empecé a andar hacía atrás, asustado. Choqué contra una de las mesas, la lámpara se cayó al suelo y la bombilla se hizo pedazos. Los dos nos giramos a toda velocidad, y salimos corriendo escaleras abajo.––¡Papá!, ¡mamá!––grité mientras recorríamos todas las estancias de la casa, hasta que finalmente salimos al jardín.
La lluvia seguía cayendo a toda velocidad, y el cielo se iluminaba por los incesantes relámpagos y rayos. El silencio era algo desconocido, pues los truenos no dejaban de resonar por todo el cielo. Recorrimos todo el césped, hasta llegar a la puerta blanca que daba al jardín común de la urbanización y a la enorme piscina, pero no había ni rastro de nuestros padres.
––No están––dijo Ádrian, con un pequeño hilillo de voz. Nuestros ojos estaban húmedos, y nuestros corazones estaban encogidos en un puño. De pronto, un lobo aulló, con un extraño tono, como si nos contestase dónde estaban nuestros padres––¿Volvieron ayer a casa?––dijo, girándose a toda velocidad hacía mi. Yo ya estaba llorando.
––Cuando yo llegué a las nueve––miré al suelo, y tragué saliva––ellos se iban a dar un paseo al centro comercial. Tu ya estabas dormido, y me dijeron que me fuese a acostar.––los dos volvimos corriendo a la casa, ignorando que estuviésemos empapados, y él sacó de su mochila el móvil. Marcó el numero de la policía, y yo subí a vestirme. Me puse el uniforme a toda velocidad, y bajé corriendo, mientras el hablaba con un agente––¡Voy a casa de Lucka!
––¡Espera!––gritó él, soltando el teléfono y agarrándome del brazo––ten cuidado, por dios––dijo, abrazándome con fuerza y dándome un beso en la coronilla.––en cuanto venga le policía nos pondremos a buscarles, ¿vale? Ve a clase, y no te preocupes, seguro que no les a pasado nada.
Asentí, cogí la mochila y salí corriendo calle abajo. Al cabo de dos minutos llegué a casa de Lucka, y llamé al timbre cuatro veces seguidas, al cabo de unos segundos, su madre me abrió la puerta, me invitó a entrar y me senté en una silla de la mesa de la cocina.
––¡Lucka!––le llamó ella desde el primer escalón de la escalera––Karix está aquí, ¡baja ya!––y se giró hacía mi, con una sonrisa. Se acercó y me sirvió un vaso de leche, suponiendo que no había desayunado, pues apenas eran las siete y veinte de la mañana.



Lucka

Bajé corriendo, aún con mi pijama verde puesto, en cuanto mi madre me llamó a gritos para avisarme de que mi mejor amigo había venido. Cuando llegué a la puerta de la cocina se me quitó la sonrisa, al ver que el tenía los ojos rojos, fruto de haber llorado, y tenía cara triste. Me acerqué a él rápidamente, le abracé y me senté a su lado.
––¿Que pasa, tío? ¿Estas bien? ¿Que haces aquí tan temprano? ¿Ha pasado algo?––el corazón me latía a toda velocidad, y el soltó una pequeña risa histérica, que me hizo saber que había hecho demasiadas preguntas a la vez. Tragué saliva y suspiré––perdón, es que... bueno, ¿que pasa?––y me contó lo que había sucedido, que sus padres habían desaparecido, que no daban señales de vida y no cogían el móvil––dios... joder, lo siento, lo siento––le contesté, mientras le abrazaba, con el corazón encogido y un nudo en la garganta––no se que decir, dios, lo siento. Haré lo que sea, ¿habéis llamado a la policía?
––Si––dijo, a la vez que asentía levemente y miraba por la ventana. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y mi madre trajo una manta, que le echó por los hombros––mi hermano dice que no me preocupe y que vaya a clase.
Al cabo de un rato, mi madre nos sirvió el desayuno, pero ninguno de los dos probó bocado. Teníamos el estomago revuelto, no era el mejor momento para comer, pero aun así se lo agradecimos. Subimos a mi habitación, y él se quedó sentado en la cama, abrazando un cojín mientras yo me duchaba y me ponía el uniforme. A eso de las ocho menos diez salimos de mi casa, y cogimos el autobús para ir al instituto.
––¿Y Ádri?––le preguntó Mike a Karix: era el mejor amigo de su hermano, y era normal que le extrañase que no hubiese subido al autobús. Miré a mi al rededor y vi que casi todo el autobús nos miraba. Debían de haberse enterado de que habían llamado a la policía.
––Hemos tenido un problema en casa––contestó mi amigo, carraspeando y mirando a otro lado––hoy no irá a clase, mañana... tal vez, no se––suspiró, agachó la cabeza y se quedó en silencio, lo que hizo que Mike se fuese a su asiento de atrás, y el resto de gente empezase a murmurar cosas. En ese momento los dos odiamos que fuésemos los populares del instituto. La gente empezaría a soltar rumores, y eso solo haría más daño a mi mejor amigo.
Cuando llegamos, bajamos del autobús a toda velocidad, y nos quedamos un rato parados en la acera, mirando a la fachada de la escuela, que era enorme, de piedra gris y tejados negros. Era un edificio de mas de trescientos años, provisto de dos torres laterales y seis pisos en el pabellón central. Detrás, estaba el patio, y al final del todo, un edificio moderno que utilizábamos como gimnasio. Al igual que el día anterior, la lluvia no dejaba de caer, y la gris tormenta que nos cubría le daba un aspecto tétrico al lugar: parecía la mansión de una película de terror. Después de unos minutos, nos adentramos en las enormes verjas negras que cubrían el recinto, y fuimos en busca de Maya, pero no la encontramos por ningún lado, así que supusimos que estaría con la gente del coro, y entramos en el centro, para resguardarnos del agua, aunque en aquel momento nos importaba bien poco mojarnos, queríamos escapar de aquellos aullidos que se oían cada vez más cerca y más fuerte. Cuando sonó el timbre, nos dirigimos al aula trece, que era donde dábamos las clases generales, pues nos tocaba clase de historia. Nos sentamos en nuestro pupitre, que estaba en segunda fila, al lado de las ventanas. Al cabo de unos segundos, todo el mundo comenzó a entrar, y se sentaron en sus asientos: delante de nosotros estaban Maya, que nos saludó con entusiasmo, y Guldar, el niño nuevo.
––¿Donde estabas?––le pregunté a nuestra amiga, que me miró frunciendo el ceño: no le hacía mucha gracia mi tono brusco––te hemos estado buscando.
––Estaba con los del coro, ¿que pasa?––preguntó, girándose y acercándose a nosotros. Karix y yo le contamos en susurros lo que había pasado, y ella se quedó pálida. Iba a contestar, pero el director entró a toda prisa, con evidente nerviosismo, pues le sudaba la frente.
––Em... chicos, vuestro profesor y tutor, el señor Henrris, no ha asistido hoy al centro... y, em bueno... su casa ha sido... destrozada. No sabemos donde está, la policía está buscándolo––hizo una pausa, y todo el mundo empezó a hablar, a gritar, y los más sensibles a llorar: Henrris era nuestro tutor desde que teníamos nueve años. Era un hombre alegre, divertido, y conseguía que todos sus alumnos terminasen adorando la historia, y por consecuencia, aprobando su asignatura. Llevaba quince años sin tener que poner ni un solo suspenso. Era el mejor profesor del centro––hoy, se suspenden las clases, pero por recomendación de la policía, debéis quedaros todos en el centro, hasta que vuestros padres puedan venir a buscaros.
Todo el mundo comenzó a protestar, y el director salió de la sala a toda velocidad, cerrando la puerta detrás de si. Al cabo de un rato, el profesor de filosofía, que iba a ser el encargado de vigilar que nadie saliese, entró en la sala, y se puso a hablar con los demás alumnos. Maya, Karix y yo nos fuimos atrás del todo, y nos sentamos en el radiador, que estaba apagado.

Maya

––¿Habéis visto?––dije, señalando con la barbilla al niño nuevo, que estaba apoyado en la mesa, con la cabeza recostada entre sus brazos––está impasible, como si todo esto le diese completamente igual.
––Bueno––dijo Lucka, mirándome––es un poco normal, llegaron ayer, tampoco es que conozcan a ninguno de los desaparecidos.
––Ya, bueno, ¿y no te parece raro? Justo llegan y empieza todo esto––mi voz sonó muy intranquila, y Karix me miró, apartando al fin su mirada de vete tu a saber donde. No había dicho nada desde que nos habían dicho lo de nuestro tutor, hacía ya una hora.
––Creo que estas sacando todo de contexto––me dijo en una voz monótona, desprovista de sentimiento alguno––es una coincidencia, ya está.
Me quedé mirando al suelo, pensando como decir lo que estaba pensando, para que sonase como yo lo había entendido cuando me lo habían contado, y que no pudiesen interpretarlo de ninguna otra manera.
––¿Sabes lo que hizo su hermano mayor cuando se enteró de la primera desaparición?––añadí, y los dos me miraron, sin comprender a que me refería––se descojonó de risa en mitad de clase––susurré, para evitar que Guldar no me oyese, y pareció funcionar, porque no se movió––¿Y su nombre, que? ¡Se llama Wolf! Significa lobo en ingles, un idioma de hace mas de quinientos años.
Lucka y Karix se miraron y se incorporaron. Atravesaron la sala con la vista, en busca del chico nuevo, que había cambiado de posición y miraba a la ventana. De pronto sonó un aullido, y él sonrió, como feliz por lo que acababa de oír.
––Los llaman niños lobo. A él y a sus hermanos––dijo Karix, sin apartar la vista de aquel extraño chaval––Jix, dos cursos superior, asegura que oyó aullidos que provenían de su casa. Muchos creen que son los culpables de todo esto.––su semblante era serio, y sus ojos verdes estaban ahora fijos en la puerta de clase, que continuaba cerrada.
––¡Venga ya!––dijo Lucka, levantándose y poniéndose frente a nosotros, con gesto ofendido––¿pretendéis hacerme creer que una familia despedaza a la gente como si fuesen lobos? ¿Os estáis oyendo? ¡Dejadles en paz! Ya tienen suficiente con ser nuevos, no les compliquéis más su existencia. Aquí no conocen a nadie, así jamás se integraran.––tragó saliva y dio dos pasos hacía atrás, sin creerse que sus dos mejores amigos tratasen así a alguien––cuando os conocí no erais así. Ser populares esta pudriendo vuestro cerebro.––dijo a la vez que se giraba.
Comenzó a andar entre las mesas, en dirección al chico nuevo. Se paró en frente de su mesa y se giró para mirarle, con una dulce sonrisa. Lucka era así, nunca discriminaba a nadie, era lo que hacía que no encajase demasiado con el resto de chicos del equipo de baloncesto, y lo que, en parte, le hacía aún más atractivo.





Guldar

Toda la clase estaba llena de ruido. La gente no dejaba de hablar, mover sillas o mesas, y eso me repateaba, pero lo que más me fastidiaba es que muchos reían. Un profesor había muerto, su tutor había desaparecido y ellos se reían. Cada día comprendía menos a los humanos, eran unos seres tan extraños. Suspiré y miré por la ventana, pues al lluvia me tranquilizaba, pero de pronto un chico se acercó, se puso en frente de mi y me sonrió.
––Hola––me dijo, haciendo un gesto con la mano, sonriendo de nuevo. Su voz era dulce, cosa a lo que no estaba acostumbrado, y le miré con interés. ¿Por qué me hablaba? ¿Había hecho algo para llamar su atención? Estaba solo, sentado y en silencio, y para el colmo, era nuevo y no conocía a nadie, ¿no era eso suficiente indicativo de que no quería que nadie me molestase?––¿tu eres Guldar, el nuevo, no?––dijo, en aquel extraño tono que yo no conocía.
Tragué saliva y miré hacía atrás. Todo el mundo se había callado y nos miraban, como si no entendiesen porqué él me hablaba. Era un sentimiento común, yo tampoco lo sabía. Fruncí el ceño y le miré. ¿A caso es que ese chaval era el único que no había oído todo los rumores que había sobre mi? Iba a gritarle que me dejase en paz, pero entonces recordé las palabras de mi padre: ''no hagas nada que llame la atención, se sociable y hazte amigo de toda la gente que puedas. Lo necesitamos.'', habría sido una tarea muy sencilla, si no hubiese sido por el comportamiento de Wolf el día anterior. Ahora nadie quería acercarse a nosotros... nadie menos ese chico. Era extraño. ¿Por qué me sonreía? ¿Por qué me hablaba? Carraspeé con la garganta y miré de nuevo por la ventana, ignorándole, para ver si se iba.
––Déjale, ¿no ves que no quiere hablarte?––dijo otro chico, un poco más bajito y rubio, que se acercaba a nosotros. Genial, ahora venía más gente. ¿Que demonios querían? ¿No podían dejarme tranquilo de una vez?––o tal vez sea mudo––de pronto todo el mundo se echó a reír, menos el primer muchacho que me había hablado, y encaré una ceja. ¿A él no le hacía gracia que se metiesen conmigo?
––No soy mudo––dije, con mi voz suave y tierna, recostándome en la silla y mirando al chico rubio, que me dirigió una mirada furiosa. Todos se quedaron en silencio, asombrados. Seguro que no se esperaban el sonido de mi voz, que era bien diferente a las de Dark y Wolf, mis hermanos. Mientras que sus voces eran graves y salvajes, la mía era dulce, extraña, mística y misteriosa.––lo que pasa es que no hablo con idiotas que creen que una persona puede devorar a alguien. ¿No se supone que los hombres lobo solo se transforman con luna llena? Que yo sepa eso es la semana que viene.
Todos me miraron con furia y sonreí. Al parecer se esperaban que no supiese nada de los rumores que nos rodeaban a mi familia y a mi, y mucho menos que les contestase de aquella manera, rompiendo sus interesantes teorías de que eramos los culpables de todo lo sucedido.
––Vámonos––dijo el segundo chico, agarrando de la chaqueta al primero, pero éste se zafó de él y se quedó quieto, mirándome aún con aquella... ¿amable?, sonrisa.
––Vete tu––le contestó, cogiendo una silla y sentándose en frente de mi. ¿Que quería? ¿Por qué hacía esto? ¿A caso con mi contestación él no me odiaba, al contrario que los demás? No, no era posible, todos los seres de esa especie eran iguales, pero, ¿y si no? ¿Y si había excepciones? Ladeé la cabeza hacía al derecha y volví a fruncir el ceño, en gesto curioso. Aquel humano levantaba mi interés.––yo me quedo.––El segundo chico asintió con la cabeza y volvió a la parte de atrás, bajo las sonrisas del resto de gente de la clase: algunos le dieron palmadas en las espalda, aprobando su comportamiento.––No le culpes, anoche desaparecieron sus padres, y mataría a cualquiera que pudiese ser el culpable, él no es así. En otras circunstancias te habría tratado mejor, en realidad es buena persona.
––¿Desaparecieron?––dije y el asintió. Me giré hacía aquel niño y tragué saliva, algo preocupado, pero no permití que mi cara reflejase mis sentimientos––¿como se llama?––mi corazón acababa de dar un vuelco.
––Karix––me contestó, y me levanté en dirección al chico, que debía ser el popular de la clase.
––Karix––dije, repitiendo el nombre que el otro chaval me había dicho, y se giró para mirarme, bastante molesto.
––Lucka, ¿por que le has dicho mi nombre a este idiota?––dijo, acercándose y plantándome cara, como si esperase que yo el atacara o algo. ¿De verdad eran todos tan imbéciles, o era solo que él estaba cegado por la ira?
––¿Tus padres han desaparecido?––le pregunté y él dio un paso hacía atrás, con gesto furioso, a la vez que miraba a Lucka. Toda la gente se quedó mirándole, al parecer era un secreto y nadie lo sabía, pero él asintió––están bien, no te preocupes. Esta noche volverán a casa.
––¿Y tu como lo sabes?––dijo la chica que estaba a su lado, dándome un empujón para apartarme de ellos.
––Porque lo se, y punto.––Y me giré en dirección a la puerta, el profesor se levantó para pararme, pero ya había salido de la clase, y eché a correr por el pasillo.

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