Capitulo
3. Verdades
Lucka
La noche habría sido silenciosa de no ser por la
incesante lluvia que llevaba ya dos días cayendo sobre la ciudad. El
cielo estaba iluminado por los relámpagos, y de vez en cuando se oía
un trueno, seguido de un luminoso rayo. Durante la cena, mi padre nos
había contado a Karix y a mi más de veinte historias que habían
vivido él y el padre de mi amigos, y después de eso, nos habíamos
pasado una hora más viendo la televisión. Hacía ya un rato que nos
habíamos acostado, y mi compañero de cuarto dormía profundamente,
pero a mi había algo que no me dejaba descansar: Guldar. Ese chico
era un misterio. Desde pequeño se me había dado bien la psicología,
y sabía exactamente como eran y como reaccionaban las personas que
me rodeaban... pero, ¿sería igual de fácil con él? Tenía que
comprobarlo. Tenía que saber si era alguien normal... o alguien
sobrenatural. Me di la vuelta, dando la espalda a la habitación y
mirando a la pared. No podía quitármelo de la cabeza, ¿y si los
rumores eran reales? Quería saberlo todo sobre ese chico. Estaban
empezando a cerrarseme los ojos cuando un aullido rompió la
''tranquilidad'' de la tormenta. Me incorporé en al cama y
miré a todos lados. Había sonado muy cerca. De pronto, la ventana
comenzó a empañarse, y al otro lado se escuchaba una fuerte
respiración. Me quedé quieto, completamente inmóvil, mirando a la
ventana. De pronto apareció la enorme cabeza de un lobo blanco, que
debía medir unos cuatro metros. Sus ojos negros lo observaban todo,
pero no parecía haberse percatado de lo que había tras el cristal,
si no, estaba seguro de que ya nos habría comido. El animal soltó
un gruñido, y comenzó a girar la cabeza hacía la habitación.
Empecé a oír a toda velocidad el latido del corazón, y el sonido
de la tormenta y el agua al caer parecían un eco muy, muy lejano.
Escuchaba atentamente la fuerte respiración de la bestia, y los
pequeños gruñidos que soltaba de vez en cuando. Sus ojos se
clavaron en mi, me enseñó los colmillos y dio un hocicazo contra la
pared, gruñendo esta vez más fuerte. ¿Que debía hacer? Si gritaba
y salía corriendo, entraría más rápido, enfurecido por la ira de
haber sido descubierto. Comencé a moverme lentamente, en silencio,
mientras aquel enorme monstruo me observaba, gruñendo y estampando
su cabeza contra el cristal. Di varios pasos hacía atrás, nada más
levantarme de la cama, tropecé con algo, caí al suelo y el
despertador se golpeó contra la alfombra, haciéndose añicos: el
lobo volvió a rugir. Miré a mi amigo, pero para su suerte o
desgracia, seguía completamente frito. Me levanté con cuidado, sin
comprender porqué aquel lobo no intentaba entrar en el cuarto,
rompiendo las paredes, para devorarme. Miré a sus ojos, que pasaron
de ser negros a ser grises, con la pupila en el centro: eran ojos
humanos. Fruncí el ceño y giré la cabeza.
––¿Guldar?––dije en un susurro, y el animal
soltó un bufido, que se asemejaba a una risa de burla. Sin saber
porqué sonreí, y comencé a andar hacía la ventana. Iba a abrirla
cuando sonó otro aullido, y el... chico lobo se giró a toda
velocidad hacía el otro lado de la calle, enseñando los dientes. Al
cabo de unos instantes echó a correr y desapareció de mi vista.
Aparté las cortinas, giré el manillar y salté a la calle, que
estaba a tres metros de altura. Caí rodando, lo que evitó que me
rompiese algo, y aun en pijama y con las zapatillas de andar por
casa, eché a correr por la calle, en dirección a los dos lobos
enromes, uno blanco y uno negro, que se peleaban
ferozmente.––¡Cuidado!––grité y me tiré al suelo, cuando
un segundo lobo negro apareció a mi espalda, aullando con ferocidad:
eran dos contra uno. Guldar se giró y recibió un zarpazo del nuevo
combatiente en el hocico, y su otro rival aprovechó para lanzarse a
morder su cuello. Me giré hacía todas partes, buscando algo con lo
que ayudarle, pero no había nada, salvo piedras. Agarré varias, y
empecé a tirárselas a los lobos negros, que se giraron hacía mi,
con gesto ofendido.––¡¿pero que cojones hago?!––chillé,
cuando las bestias comenzaron a correr hacía mi. Me giré y corrí a
toda velocidad, intentando huir, pero tropecé y caí, golpeándome
fuertemente en la cabeza contra el asfalto. Miré a mi espalda,
aturdido, y vi como el chico lobo había conseguido retener a uno de
los lobos negros, pero el otro saltó se abalanzó sobre mi. Me tapé
la cara con ambos brazos y grité con todas mis fuerzas: para mi
sorpresa, cuando aquel horripilante ser estaba a punto de caer sobre
mi, otro lobo blanco salió de la nada, rompiendo parte de la pared y
el tejado de una casa, y saltó, golpeando a mi agresor en el vientre
y tirándolo al suelo. Iba a levantarme cuando, por la perdida de
sangre de la herida que me había hecho al escurrirme, me desmayé.
Guldar
––Me ha salvado la vida––dije, mirando a aquel
chico que había conocido en la escuela, y que ahora estaba tirado en
mitad de la carretera, con un pijama rojo con lunares blancos, y unas
zapatillas rojas––si no hubiese gritado, jamás habrías llegado
a tiempo.
––Al parecer tenías razón––me contestó Wolf,
cogiendo a Lucka en brazos y mirándome––¿Done vive?––señalé
la casa a la que le faltaba un trozo de hormigón y varias tejas del
tejado––lo mejor será que llamemos a la puerta...
––Iban a por su familia––dije, mientras
andábamos hacía la entrada de la casa. Aquellos dos lobos negros no
eran parte de las bestias de los Lobos Huargos del Norte, ni de
ninguna organización que hubiese visto nunca. Los lobos negros eran
símbolo de oscuridad y magias ocultas propias de los nigromantes.
¿Serían ellos los que habían secuestrado a los padres del otro
chaval.
––Dejemos eso para cuando volvamos a casa––me
cortó mi hermano, indicando con la barbilla que llamase al timbre.
Me acerqué y apreté el interruptor, que provocó que una musiquita
comenzase a sonar. Dentro de la casa se oyó un grito, y un montón
de pasos bajar corriendo.––A ver como explicamos todo esto.
Karix
Me desperté por culpa del sonido del timbre, y me giré
para mirar a Lucka, pero no estaba. La ventana estaba abierta de par
en par, y el despertador estaba tirado por el suelo, echo añicos.
Solté un grito y salí corriendo al pasillo, al mismo tiempo que sus
padres salían de su habitación.
––¡No esta!––les dije, señalando el interior
del cuarto. Ellos gritaron, y los tres bajamos corriendo las
escaleras, en dirección a la puerta.
Al otro lado estaba Guldar, aquel extraño muchacho que
había jurado que mis padres aparecerían a la mañana siguiente, y
su hermano mayor, Wolf, que sujetaba a un Lucka inconsciente entre
sus brazos.
––Creo que se os a perdido esto––dijo el chico
nuevo de mi clase, señalando a Lucka, con una sonrisa que me resultó
demasiado encantadora para un chaval tan siniestro como él.
Los padres de mi amigo les dejaron entrar, y tras
cerrar la puerta, tumbaron a Lucka en el sofá, mientras su madre
cogía el botiquín y le curaba la brecha que tenía en la frente.
Wolf empezó a mirar la casa con curiosidad, como si jamás hubiese
estado en una tan abarrotada. Soltó un bufido, le dijo algo a su
hermano al oído y me miró a los ojos.
––Tu debes ser Karix––dijo, con aquella voz
gutural que parecía venir del inframundo de las películas de
terror. Me tendió la mano y me dedicó una sonrisa que le hizo
parecer aun más tétrico, si era posible––un placer. Mi hermano
me ha hablado de ti.
––¿A si?––dije, mirando a Guldar, alzando una
ceja. ¿Que le había hablado de mi? ¿Que demonios podría haberle
contado? Tal vez le había dicho que me había metido en clase con
él, y ahora buscaba vengar a su hermano. Tragué saliva y carraspeé,
incómodo, pero al final le estreché la mano, para no parecer más
idiota de lo que debía parecer––U-un placer––dije, nervioso
por toda aquella situación. Me giré hacía mi amigo y suspiré––¿que
le ha pasado?
––Lobos negros––dijo Guldar, mirando por la
ventana––venían a por vosotros. Lucka me salvó la vida. Él
alertó a mi hermano... y eso también le salvó la vida a él.
––¿Que?––pregunté, alucinando. ¿Que unos
lobos negros venían a por nosotros, y gracias a Lucka ellos dos nos
habían salvado? No tenía sentido, al menos que los rumores fuesen
ciertos, claro.
––Am, mira, no busco que lo comprendas, pero aquí
estáis en peligro. Ya saben donde os refugiáis, vendrán más a
vengar a sus compañeros.––me contestó Wolf, en un tono amistoso
que parecía impropio de una persona como él. ¿Lucka tendría razón
y les habíamos juzgado mal, sin motivos?––lo mejor será que...
––Aquí están seguros––le cortó la madre de
Lucka, levantándose y frunciendo el ceño. Se acercó a él a una
velocidad impresionante, levantó la mano y clavó el dedo índice en
sus costillas, en un gesto de enfado.––¿Te atreves a decir que
mi casa no es segura y que no se como tratar a mis hijos?––Wolf
se encogió de hombros, y levantó las manos, en señal de disculpa.
––No digo eso, señora––su tono era respetuoso,
con una pizca de miedo. ¿Le tenía pánico a la madre de mi mejor
amigo? ¿Él, un chico que acababa de matar a dos lobos junto a su
hermano? Era imposible––solo digo, que hay... al parecer, dos
amenazas ahí fuera, y una de ellas tiene intención de daros caza.
––Pues serán ellos los cazados––dijo en tono
áspero el padre de Lucka, con un gesto serio que nunca había visto
en él. Aquel era un hombre amable, alegre y divertido. Jamás en mi
vida lo había visto enfadado, y mucho menos le había escuchado
decir unas palabras como aquellas. ¿Cazar él a lobos? ¿Que
demonios estaba pasando?
––Vaya––dijo Guldar, apartando a su hermano y
dirigiendo su mirada a aquella familia que, al parecer, yo no conocía
tan bien––mi instinto no se equivocaba. Sois cazadores––el
padre de Lucka asintió, se agachó y le acarició el pelo a su
hijo––y, entonces, ¿por qué no le habéis contado nada a
vuestro hijo.
––Esta ciudad era segura, ni la tormenta nos
alcanzó, hasta que llegaron esas dos amenazas que decís. Supongo
que los que nos buscan son los que os han traído hasta aquí, y a la
vez, vosotros habéis atraído a la otra amenaza––los dos
muchachos siniestros asintieron.
Wolf
––Guldar tenía razón––dije nada más entrar
en casa, treinta minutos después de haber abandonado la casa de
aquel chico que se llamaba Lucka––son cazadores. Pero el otro
chaval, Karix, también tiene algo, pero su aura no es ni de mago ni
de cazador––mi padre frunció el ceño y nos miró a mi hermano y
a mi.
––¿A no? ¿Entonces, de qué?––su tonó era
curioso pero serio, una mezcla interesante. Jamás le había visto
interesarse seriamente por algo.
––De algo legendario.––sonreí, en forma de
burla.
Después de aquello, Guldar se fue a su cuarto, y yo al
mio. Me tumbé en la cama, y en aquella oscuridad, interrumpida a
ratos por la tormenta, me quedé mirando a la ventana. Los padres de
aquel chico eran cazadores, pero, ¿él lo era? Había algo extraño,
algo que solo podías percibir si estabas un rato cerca de él, y mi
hermano, al ser tan joven, no debía haberlo detectado. Ese cazador
era diferente. Suspiré y miré hacía la puerta, donde mi padre me
observaba, de pie.
––¿Hay algo más que no me hayas contado,
hijo?––su tono de voz era serio y duro, sin emociones. Solo
dejaba ver en sus palabras lo que sentía con Guldar y mi madre, y
era comprensible. Yo había salido a él, duro, frío y fuerte, pero
mi hermano pequeño había salido a mi madre, que había muerto dos
días después de que él naciese, en aquella interminable guerra de
nuestro continente. Guldar era dulce, alegre, y muy frágil. Se
dejaba llevar por lo que sentía, pues lo confundía con su
intuición, y casi siempre salía mal parado, por eso hacía muchos
años que habíamos abandonado las civilizaciones, para protegerlo,
pero ahora no teníamos elección. Negué con la cabeza y volví a
suspirar.
––No es asunto mio. Es cosa de Guldar––mi tono
era frío, carente de emociones, pues era lo que me había enseñado
mi padre. Si las bestias notaban que tenías miedo, te mataban, si
veían que querías a alguien, lo mataban delante de ti. El corazón
tenía que ser de acero duro y frío.
––Por tu mirada, supongo que él no sabe
nada––agaché la cabeza ante sus palabras, para ocultar mis ojos.
Cuando se trataba de mi hermano, mi muralla fallaba, y mis ojos
desvelaban que era lo que estaba pensando. Aun tenía que
perfeccionar algunas cosas de mi personalidad.
––Da igual. Lo descubrirá, será un gran cazador,
el mejor de todos––dudé un segundo, y aquel pensamiento de que
tal vez no lo lograría, impregnó mis palabras, y mi padre encaró
una ceja. Debía estar enfadado. Su hijo de sangre no debía ser
débil. Si lo era Dark, no pasaba nada, él era hijo de nuestra madre
actual, Nina. Si lo era Guldar, era comprensible, él era un
Laisinier, y la familia de mi madre se caracterizaba por su bondad y
gran corazón. Pero yo era un Gelio Puño de Hierro. Yo tenía que
ser más duro y fuerte que las montañas, más frío que el viento de
invierno, más estable que el agua en una noche sin nubes. Yo tenía
que Él Cazador Puño de Hierro, el que se encargaría de proteger la
casa real, pues era mi familia.––Lo siento––me disculpé,
volviendo a mirarle a los ojos––a veces cuesta.
––Aun eres joven, pero tienes que esforzarte. No
llegaras muy lejos si delatas tus sentimientos hacía tu hermano. Lo
matarían, y sería tu culpa––asentí y el soltó un bufido. En
pocos segundos volví a quedarme solo en la habitación, bajo los
sonidos de aquella tormenta que me nos había perseguido desde que
salimos de nuestro reino, como fugitivos y no como los reyes que
eramos... lo que habría querido mi madre que fuésemos. Tragué
saliva para aguantarme las lágrimas. Aun seguía recordando su
rostro, su voz, sus caricias, el como era mi padre conmigo cuando
ella seguía viva... y aun recordaba la noche en la que la
asesinaron.
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